Él llegó aquella tarde después del trabajo, como hizo cada día desde hacía muchos años. Tal vez demasiados. Le contó, mientras se desvestía en el dormitorio, que por fin había terminado las gestiones para la jubilación anticipada. Le había costado cientos de consultas, papeleos, y la decisión no fue fácil: el sueldo se vería reducido a una pensión más bien modesta. Pero con eso y sus ahorros, seguro que sería suficiente. Aún era joven. a sus 57 años, deseaba con todas sus fuerzas poder disfrutar de su tiempo sin hipotecarlo, junto con su libertad de elección, al mejor postor, como hacía desde hacía demasiado tiempo.
Su mujer le escuchaba en silencio, parada ante él mientras le veía desvestirse, buscar en su parte del armario la ropa de casa, ir de un lado a otro sin saber muy bien el motivo de unos movimientos que a ella, acostumbrada a una economía sigilosa, se le antojaban innecesarios. Se alegró por él. Hacía tiempo que le notaba una mirada de hastío cada vez que se despedía de ella con un escueto “hasta luego” a primera hora de la mañana, cuando cada día se iba a la fábrica. Desde hacía ya mucho, no había beso en la mejilla acostada en la almohada, no había guiño ni sonrisa, ni “mi vida”, ni “chiquita”. Tan solo ese gesto de frustración y desgana, y esa mirada furtiva parapetada tras aquel frío “hasta luego” que algunas mañanas le sonaba como una bofetada.
Se alegró de que desapareciera el motivo al que ella achacaba el cansancio y el hastío, porque así podría asegurarse si era aquel realmente el origen de su apatía.
Cuando terminó de contarle, ella se dio cuenta de que su rostro no mostraba la alegría lógica que debería ver en él si finalmente había logrado aquello por lo que llevaba peleando tanto tiempo, Y se dio cuenta de que no había terminado de contarle.
Más bien para romper una tensión que se estaba comenzando a instalar entre los dos, ella subió varios tonos la voz para decirle lo mucho que se alegraba de que todo hubiera salido bien. Ahora podrían viajar, programar juntos su tiempo libre, hacer muchas de las cosas que siempre habían ido posponiendo por falta de tiempo. Él se sentó en el borde de la cama y ella vio la curva que abatía sus hombros, la forma en que sus brazos se apoyaban sobre las rodillas y la arruga casi imperceptible ( para todos menos para ella) que se formaba en su entrecejo cuando algo no iba bien.
“Lo he hecho para estar con otra mujer”. Le sonó como si aquellas palabras hubieran sido pronunciadas por un completo desconocido. Era su voz, sin duda. Había visto moverse sus labios, pero no era capaz de establecer una conexión entre aquello y su marido, entre ese vacío y su vida.
Se quedó mirándole fijamente como si le hubiera oído de pronto decir una frase en chino. Un leve asomo de sonrisa se le formó en la comisura de los labios, dejando patente la dimensión de su desorientación.
Él callaba también, sin saber qué decir, cómo continuar. Después de un rato de silencio espeso que ninguno de los dos sabía como romper, le propuso salir a cenar fuera y charlar en un lugar tranquilo, neutral, lejos de esas paredes que habían sido ya tantas veces testigos mudos de tantas cosas desde hacía tanto tiempo. Tal vez demasiado. Lejos de la posibilidad de que cualquiera de los dos, por pudor, se dejara arrastrar a un derrumbe definitivo hasta la pérdida completa del respeto a sí mismo.
Faltaban aún unas horas para la cita. Plantada ante el espejo del baño, observaba la imagen que la miraba desde el otro lado del cristal. La conmiseración que leyó en sus ojos la llenó de pavor.
Se dio cuanta de que no sabía cómo arreglarse, qué ponerse. Sentía como si tuviera que hacerlo para un desconocido. Y así era, porque en un solo minuto, el hombre con quien llevaba compartiéndolo todo (así lo pensó ella durante demasiado tiempo), acababa de desvelarse ante ella como un completo desconocido.
Se preparó lo mejor que supo, como no lo hizo desde hacía mucho. Mientras bajaban juntos en el ascensor evitó mirar el rostro de su marido. No quería comprobar que aquellos rasgos que había contemplado tantas veces eran la pura demostración de que su vida estaba basada en una nube de humo.
Cuando llegaron al restaurante, uno nuevo en el que nunca habían estado juntos, pero donde el gesto amistoso del maitre le dio a entender sin lugar a dudas que él lo conocía, eligió un sitio discreto al fondo del comedor, donde pudieran charlar amistosamente a salvo de miradas indiscretas, le explicó.
Los dos estaban incómodos, a la espera. Ella podía haber acelerado el proceso, preguntarle. Era lo que deseaba, deshacer de una vez aquella situación tan embarazosa que pretendía, sin lograrlo, darle apariencia de normalidad a aquello que la estaba consumiendo.
Finalmente fue él quien abordó el tema. Comenzó a contarle, como si le hablara del argumento de una película, todos los detalles de su aventura. Le fue desgranando, poco a poco, la forma cómo se conocieron, sus primeras citas, cómo la cosa “se le fue escapando de las manos” sin que se diera cuenta ni pudiera hacer nada para evitarlo. Ella escuchaba en silencio, asintiendo levemente, sin pronunciar una palabra. Le miraba a los ojos y se daba cuenta de que nunca había sabido traspasar la barrera de aquellos ojos, que detrás de sus sonrisas, de sus bromas, había habido siempre un muro que ella jamás intentó destruir.
Poco a poco, a medida que le escuchaba, le iban cuadrando cosas. Como si estuviera completando un crucigrama, una de sus frases resolvía el acertijo del retraso de aquella tarde, de sus explicaciones vagas cuando salía “a pasear solo”, de pequeños gastos injustificados que ella nunca había tenido la curiosidad de indagar. De algún vaho de perfume no identificado que la asaltaba de pronto desde una camisa o de la aparición en su balda de un libro nuevo cuya procedencia nunca preguntó.
Ella le dejaba hablar, le veía gesticular con las manos, como hacía siempre, callar de pronto, cambiar el tono de su voz, interrogarla con un gesto o quedarse mirándola en espera de una respuesta. Hasta que llegó un momento en que sus palabra se borraron. Un zumbido como de abejas las sustituyó en sus oídos y le llenó la mente de confusión, emborronándole todas las percepciones. Se dio cuenta de que si no hacía algo iba a terminar mareada, perdiendo el sentido y cayendo al suelo irremediablemente. Era una sensación demasiado familiar para ella. También él debió notarlo, porque entre una especie de neblina vio su mano que se acercaba sosteniendo una copa de vino que le ofrecía. El paso del líquido frío por su garganta paró en seco la sensación de mareo, haciéndole retomar la consciencia de la realidad.
Él seguía hablando sin parar, era increíble. Parecía como si alguien hubiera abierto una compuerta en su cabeza, soltando de pronto todo aquel torrente que llevaba reteniendo tanto tiempo, sin duda demasiado.
Cuando el zumbido de sus oídos cesó le oyó decir lo que creyó una conclusión a todo lo que le había ido exponiendo: “Las últimas veces que le hice el amor a ella fue a ti. Todo ha sido un error. Jamás debió ocurrir”. A la vez le observó derrotado, envejecido ante sus ojos, implorando con la mirada una palabra que eligiera uno de los caminos de la encrucijada que se abría ante ellos.
Ella se levantó un poco de la silla, alargó el brazo y con su dedo índice recogió una lágrima que pugnaba por soltarse del amarre de su párpado. La vio allí, intentando saltar fuera, entre el verde de sus iris. Intentando despegarse de aquella barrera que la mantenía presa y pensó en cuánto habría dado por aquella lágrima en cualquier otro momento de su vida. La miró temblar sobre la yema de su dedo índice y se la llevó a los labios, bebiéndose su sabor salado y amargo con los ojos cerrados. Alargó su espalda sobre la mesa y alcanzó sus labios con la boca, besándole, dejando un poco de aquella sal sobre la punta de su lengua.
Después, separándose, le miró unos segundos, abrió su bolso y buscó la cartera con movimientos tranquilos pero decididos. Estudió la cuenta que el camarero acababa de dejar sobre una pequeña bandeja en la mesa, entre los dos. Hizo mentalmente la división entre dos y, dejando en la bandeja la parte del pago de la última cena que le correspondía, colocó sobre los billetes el aro de oro que había ceñido su anular durante muchos años, tal vez demasiados. Y dando la espalda a toda aquella demasía, desapareció por la puerta entreabierta del comedor, perdiéndose en la noche.