De la soledad y otros demonios

La insoportable desazón que la invadía siempre que, al meter la llave en la cerradura, comprobaba que tenía las dos vueltas echadas, no era más que un reflejo diluido de su soledad.

Ni su corazón ni su mente habían conseguido asimilarlo. “Es demasiado pronto”, se decía, tratando de convencerse de que algún día desaparecería ese vacío. Era solo cuestión de tiempo.

No podía entenderlo. Un día, Alberto estaba allí y al siguiente, una voz anónima y desconocida le informaba de que ya nunca volvería a estar. Ni un adios, ni un último beso. Solo el frío metálico de la mesa del depósito.

Pero la vida seguía adelante y el roce de su tristeza continuaba levantándole ampollas en el alma. Y le dolían cada día más, porque cada día que pasaba, su soledad afianzaba la pretensión de hacerse infinita.

Una noche de insomnio como cualquier otra, bañada por la luz lechosa de la farola que alumbraba su cocina, descubrió que el dolor y la nostalgia eran solubles en los vapores etílicos que emanaba cierto vidrio verde. Descubrió que si bebía podía dormir, que si dormía podía soñar, y nadando en las aguas pantanosas de los sueños ebrios, negar una realidad que la vigilia convertía en una tortura constante. Desde esa noche bebía cada vez más, porque cada vez se le hacía más difícil atrapar al olvido que, burlón, corría y corría vestido de quimera.

Desde esa noche, la desazón cambió de sitio. Ya no se asomaba por el ojo de la cerradura a golpe de dos vueltas de llave, sino que, traidora, se agazapaba tras el click de la puerta del mueble bar, escondida en el fondo de una botella vacía. 

Negociaciones

¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! 

—¿Diga? 
—Demetrio… 
—… 
—¿Demetrio? 
—… 
—Venga, hombre. Contesta. 
—… 
—Demetrioooooo… 
—¡Qué! 
—Vuelve. 
—¡Hala! Esta sí que es buena. ¡Que vuelva, dices! ¡Después de todas las burradas que me has dicho! 
—Está bien. Te pido disculpas. 
—… 
—¿Qué quieres? ¿que me ponga de rodillas? 
—… 
—Vuelve, joder. 
—¿Para qué quieres que vuelva? ¿Para seguir humillándome? 
—¡Humillarte! ¡Que yo te…! Mira, vamos a dejarlo, ¿eh? 
—Si empezamos así, cuelgo. ¿Me vas a negar que todo lo que hago te parece mal? ¿que le sacas pegas a tdo? ¿que andas siempre racaneando y jamás has tenido un solo detalle conmigo? 
—Vale, tío. Corta el rollo. ¿Qué quieres? ¿que te suplique? ¿que te diga que eres el que mejor me lo hace? ¿que te diga que te necesito? 
—Pues mira… algo así no estaría mal. Sería un comienzo. 
—Te necesito, eres el mejor. 
—¿Cómo has dicho? 
—Que eres el mejooor. El mejor de todos mis chicos. ¿Vale? ¿satisfecho? 
—Perdona, pero no te he oído bien, me lo repites? 
—Demetrio, cariño: Eres un crack, un artista. Te echo de menos. Mucho. No encuentro a nadie tan bueno como tú. Mejor dicho: no hay nadie tan bueno como tú. 
—Biennnn… vas bien. Sigue. 
—¿Vas a volver? 
—Depende… 
—Dispara. 
—Veinte euros la hora y los sábados libres… 
—¡Tío! 
—Cuelgo. 
—¡Vale! Acepto. 
—¿Dónde y cuándo? 
—Mañana a las 8 en la calle del Roble nº 7. Alicatar la cocina y el baño. ¡Qué gitano eres, tío! 
—Ok. Hasta mañana, jefe.

Si no quieres saber no preguntes

Hoy le ha dado a Lucia por el cálculo matemático. Lleva toda la mañana haciendo cuentas. Últimamente le ocurre mucho, se obsesiona con un tema y pasa varios días profundizando en él, hasta que se aburre o encuentra un tema nuevo que la seduce más. La semana pasada le dio por investigar sobre el exoesqueleto de los insectos voladores y sus diseños aerodinámicos. Hasta llegó a elaborar una teoría muy completa sobre la relación entre el tamaño y simetría de las alas y y las posibilidades de supervivencia de los abejorros.

 

Hoy lleva horas calculando lo que ella denomina: índices de ocupación doméstica del tiempo. Diseccionando los treinta años de su matrimonio, ha deducido que ha hecho la cama unas 10.950 veces, ha frito, a tres por semana, 4.680 huevos, ha lavado 7.894 calzoncillos… Lo de los polvos sin final feliz no lo tiene muy claro, porque la frecuencia ha ido variando con el tiempo, pero calcula, haciendo una media, que se acercarán bastante al número de los huevos.

En contrapartida, el cálculo de los momentos de felicidad cuantificados, las emociones, las atenciones recibidas, las palabras de ánimo, los apoyos… da resultados tan exiguos que la comparación de cifras resulta dolorosamente denigrante. 

 

Cuando ha llegado Manolo a comer, se la ha encontrado sentada en la taza del water, llorando a moco tendido, con los ojos enrojecidos y las bragas a la altura de las rodillas.

—Pero…¿qué te pasa, hija mía? (sí. Hace un par de años que su marido, haciendo alarde de un paternalismo indecente, la llama “hija mía”).

—¿Que qué me pasa? ¿Que qué me pasa? ¡Me has jodido la vida, cabrón!

—Joder, Lucía… Déjame que te explique, mujer. Que solo ha sido un calentón, ¡te lo juro!

 

La última semana de agosto

Muere el día. Sobre los muros late el sol acumulado en el corazón de las piedras. Los rayos se filtran oblicuos entre las ramas de las encinas, cada vez más romos, más entrecortados, y derraman charcos de luz que nos desdibujan las caras. 

Un silencio sigiloso y ladrón de acerca despacio, con pies de plomo, y se agazapa a nuestro lado, en medio de los dos. Donde solía sentarse ella. Como cada última semana de agosto, se repite el ritual de la nostalgia. Un homenaje al amor, a la amistad, a la memoria. ¿Quién sabe? Quizás solo sea una manera de demostrarnos a nosotros mismos que aún estamos aquí.

Las palabras nacen lentas, redondeadas, deshilachadas, con suavidad de lana tejida. Susurran como si por medio de algún conjuro el jardín se acabara de transformar en un espacio sagrado.

—Siempre se avergonzó un poco ante ti de ser como era.

—No entiendo. ¿Por qué iba a avergonzarse? ¿de qué?

—No sé explicártelo, pero era así. Cuando estabas tú no era la misma.

—¿Ella te lo dijo?

—No. Nunca hablábamos de esas cosas. No era necesario que me lo dijera.

—Entonces, ¿cómo lo sabes?

—La  conocía muy bien. Mucho mejor que tú.

—Eso es imposible.

—Ya sé que te duele, pero siempre lo supiste. Reconócelo.

El silencio se ahonda, se oscurece a la par de la tarde. Durante un rato parece haber alcanzado dimensión de eternidad, de fin. De FIN con mayúsculas. Pero no. Hay interrogantes flotando en el aire que no se resignan a quedarse callados y morir sin respuestas.

—¿De qué hablábais?

—¿Cuándo?

—Cuando estábais a solas. Cuando pasábais aquí la última semana de agosto cada verano.

—De todo y de nada. De la vida. De sueños y frustraciones. ¿qué sé yo?

—Siempre tuve curiosidad por saber qué hacíais aquí metidas toda una semana, en qué pasábais los días. Y celos. También celos. Cuando estábais juntas me sentía pequeño, apartado. ¿Para qué veníais aquí?

—¡Bah! El lugar era lo de menos. Aquí no nos molestaba nadie, se estaba bien. Veníamos a estar solas, para no sentir que estábamos solas. Para estar juntas. 

—¿Te hablaba de mí?

—Nunca. Aquí no existías. Nadie existía, solo nosotras.

—Cuéntame eso de que se avergonzaba. ¿Por qué?

—Por la manera como concibes el placer, como una debilidad, casi una bajeza.

—¿Yo hago eso?

—Ya lo creo. Y ella, que era el ser más hedonista del mundo, y disfrutaba con las cosas más insignificantes, se sentía mal por ti. Se sentía constantemente juzgada, aunque esclava de su pecado. Por nada del mundo habría renunciado a disfrutar, ni siquiera por ti. Tampoco tenía elección, estaba en su naturaleza. Para ella la vida era un enorme cajón lleno de sorpresas. Era un regalo. Ella también lo era, un hermoso regalo.

—Eso es cierto. A veces me exasperaba, lo confieso. Me parecía superficial su forma de reírse de todo. Creo que me daba envidia y me sentía culpable por ello. No. En realidad creo que la culpaba a ella, por tener esa capacidad que me faltaba a mí, ser feliz por el simple hecho de vivir. Solo. Nada menos.

—Sí. Por eso se murió tan pronto.

—¿Por eso? ¿fue por eso?

—Se bebió la vida a borbotones. Se atiborraba. Se murió por una sobredosis de vida. O tal vez, su vida era tan pura, tan densa, que no lo pudo soportar.

—Me alegro por ella. Quiero decir, por todo lo feliz que supo ser.

—Y yo.

El olor del jazmín o el rumor de las ramas del manzano, o quizás la transparencia de las flores filtrando la luz oblícua del ocaso. O la soledad. O la indefensión en que nos dejó su ausencia, aliñada con el néctar dulce del recuerdo, nos hacen alargar la mano y buscarnos sin mirarnos, tanteando entre los dedos del otro en busca del rastro de sus caricias que se nos quedó pegado en la piel. Ignoramos la perseverancia de la tristeza que nos une y nos separa como a dos vasos comunicantes comunicados por ella.

—Hay algo que siempre quise preguntarle, pero nunca me atreví.

—Ya no puedes. Tendrás que vivir con la duda.

—¿Fuísteis algo más que amigas?

—¿”Algo más” que amigas? No existe nada que sea más que ser amigas.

—Ya. Contéstame.

La noche ha llegado de puntillas. Nos damos cuenta cuando el farol de la fachada abre su enorme ojo de color naranja y nos mira. Llega una brisa fría y nos pinta la piel de los brazos con el aliento de los árboles. Callamos. Pasa un rato, dos, la eternidad entera.

—Vamos dentro, anda. Está refrescando.

—¿No me vas a contestar?

—No. No es asunto tuyo. Además, tengo por norma ignorar las preguntas mezquinas.

—Yo creo que sí.

—Que sí, ¿qué?

—Que sí es asunto mío. Era mi mujer.

—¿Ves como no la conocías? No era tu mujer, solo estaba casada contigo.

—¿Crees que ella…?

—¿Qué?

—¿…lo aprobaría?

—Estoy segura de que sí.

—Yo no estoy tan seguro. De cualquier forma, me alegro de que no lo sepa.

—Te equivocas, Javier. Aunque nos escondiéramos en el agujero más profundo del universo, ella siempre nos estaría mirando.

Apenas dos instantes

Hoy está turbio el río. Ha llovido. Sus aguas traen el aroma de la vida, a tierra mojada, moho y almizcle, y el color de la melancolía. Bajo ellas habita el vaivén plateado de los peces.

Es un barullo de sentimientos puros en diferentes proporciones que en su mezcolanza conserva un poco de  cada uno, pero es todos y ninguno al mismo tiempo, la melancolía. 

Con el pardo y el gris pasa lo mismo: llevan un poco de la pasión roja de la vida, de la alegría amarilla del sol y de la pureza azul del cielo pero cuando confluyen en un único torrente sin tomarse la molestia de decirte su nombre, se convierten en algo que te hace sonreír y llorar al mismo tiempo.

Los días como hoy, grises, pardos, mezclados, me revelan la magia de la autenticidad. Me permiten ver las cosas tal como son, sin vestirlas de oropel como hace el sol, ni disolverlas con la veladura de la lluvia. 

Salgo fuera y mi alma me pide a gritos que la desnude del artificio del color y le permita vestirse de sinceridad. Y yo lo hago. En mi casa no hay paraguas.

Mientras pienso en esto, derramándose sobre mí un cielo gris, veo estallar sobre la superficie del río en calma miles de gotas que han quedado retenidas en el follaje de la orilla. Parece como si siguiera lloviendo, pero es mentira. Miro al cielo, contra la oscuridad casi negra del alero y no veo la lluvia.

De pronto sale el sol y entre las hojas titilan destellos con la blancura metálica del diamante. Estrellas derramadas. Esperan que el sol las evapore para subir de nuevo a iluminar los silencios de los amantes entregados.

 

Mi cama y yo

Mi cama es un lugar muy importante, porque en ella ocurre una parte primordial de mi vida.

Cuando duermo sola apenas la deshago y al despertarme tengo el cuerpo lleno de rayas donde se han quedado tatuadas las arrugas de las sábanas, señales de mi inmovilidad. Solo con estirar un poco de las esquinas la cama queda perfectamente hecha y ordenada, como si nadie hubiera dormido en ella.

Cuando él se marchó de casa se llevó su almohada. Usábamos cada uno la nuestra, porque a él le gustaba dura y a mí blanda, a él plana y a mí alta, a él rígida y a mí mullida. La mía es de látex y cuando quito la cabeza se queda el hueco marcado. Además, teníamos que usar dos, porque durante la noche me gusta colocarla paralela a mi cuerpo y abrazarme a ella. Es una forma de no sentir que duermo sola.

Ahora, cada vez que hago la cama, coloco mi almohada en el centro y la cubro con la colcha, casi igual que hacía antes, pero queda un espacio vacío a cada lado que hace que la cama parezca mucho más ancha. También la casa parece más grande durante el día y se oyen más fuerte los ruidos de los vecinos.

Cuando él no se había ido la cama siempre quedaba algo irregular, por más empeño que pusiera en colocar nuestras almohadas para que parecieran iguales. Siempre quedaba una depresión en su lado, una planitud que se intensificaba al compararla con la redondez de mi lado, y hacía que el conjunto presentase a la vista una especie de desequilibrio y diese la impresión de ir a caerse de un momento a otro.

Ahora, aunque los espacios vacíos de los lados parecen pedir algo, percibiéndose como dos interrogantes silenciosos, el efecto de desequilibrio ha desaparecido por completo. A veces  una ausencia aporta una estabilidad insospechada. Hay días en que me asalta el deseo de adquirir una almohada nueva, igual a la mía, y colocarla en el espacio que él dejó al irse. Luego pienso que ver la cama vestida de nuevo con dos almohadas me traería constantemente a la memoria aquel efecto de desequilibrio que me provocaba tanta tristeza y desisto.

De cualquier forma, a mí lo que siempre me ha gustado es desbaratar la cama por las noches, dejándola reducida a ese desorden que recuerda un campo de batalla. Arrugar las sábanas, colocarlas en diagonal y que se me salgan los pies por debajo. Tirar de las esquinas de la tela para sentir sobre la piel el calor que ha dejado en ellas otro cuerpo. 

Cuando él se marchó y se llevó su trozo de almohada, yo apenas recordaba ya aquella sensación de batalla y hacía mucho que el espejo del baño me devolvía todas las mañanas un rostro cruzado de rayas.

También es cierto que dormir sola tiene sus ventajas, porque no hay nadie que me amenice las noches de insomnio con sus ronquidos sacándome de quicio. Por otro lado me cuesta mucho más conseguir que mis pies entren en calor y cuando me despierta alguna pesadilla no puedo contársela a nadie. Últimamente he cogido la costumbre de dormir con una libreta sobre la mesilla. Escribir las pesadillas no es lo mismo que contarlas pero tiene el mismo efecto de desmitificar el pánico.

Lo de los pies lo he solucionado comprándome una manta eléctrica.

Hay días que pienso que si no durmiera tanto no sería yo.

 

Cuté llora toda la pena del Universo

Tras colgar el teléfono, Cuté se deshizo en llanto. No fue instantáneo: permaneció inmóvil, mirando el aparato, durante el tiempo que se demoró su cerebro en calibrar la magnitud de la información que acababa de recibir. Luego la invadió un llanto espeso, demoledor.

La primera lágrima que recorrió su mejilla le dejó a Cuté un surco brillante como el trazo de los caracoles sobre la piel de las manzanas que, partiendo del lagrimal derecho, fue a recalar en la comisura de su boca. Allí se hundió un momento hasta que, envalentonada por el empuje de dos lágrimas más, rebasó la barrera del labio inferior y rodó barbilla abajo, dando lugar al nacimiento de una estalactita bajo la curva del mentón.

Aquello no fue más que el principio del fin. A partir de entonces, Cuté lloró sin solución de continuidad hasta disolverse en llanto. 

Durante ese tiempo la vi menguar minuto a minuto, derramada en gotas que intentaban erosionar su melancolía.

Varios siglos más tarde, cuando Cuté terminó de llorar, todo el suelo de la casa estaba salpicado de pequeños círculos blancos. Parecía un cielo estrellado. Allí donde el tiempo había evaporado la humedad de cada lágrima permanecía el vestigio fehaciente, circular y salino, de una porción deshidratada de Cuté.

Cuando cesó su llanto quedó reducida a un cuarto de su volumen inicial. La levanté en mis brazos sin esfuerzo. Parecía una muñeca de porcelana, tan liviana, tan blanca.

Busqué en el trastero y la vestí con la ropa que guardábamos allí de cuando nuestra hija era niña. Después rasqué con un cuchillo las gotas desecadas, portadoras de la materia inerte de su dolor y las guardé en un cofrecillo, entregándoselo a mi pequeña Cuté, que sonreía feliz tras haber expulsado, por fin, toda la pena.

 

Resiliencia

En aquel instante Isabel supo que sus sueños jamás se cumplirían.

Acababa de llegar del centro comercial, después de pasar la tarde eligiendo la ropa para el viaje. En el joyero de su mesilla de noche dormitaba feliz el billete de avión que la llevaría lejos, en una huida sin retorno.
Sonó el teléfono. Isabel contestó eufórica imaginando al otro lado la voz lenta de su amante proponiéndole alguna pequeña modificación de última hora para sus planes de fuga. La voz que escuchó no era la de Gabriel.
“¿Isabel Hidalgo? ¿Es usted la esposa de Agustín Márquez? Lamento informarle de que su marido acaba de ingresar en este hospital por un accidente de tráfico”.
Isabel entró en Urgencias casi sin pulso. La vida se escurría de sus bolsillos. Aquella vida recién inventada, aún por estrenar, se diluía en el vapor de desinfectante que flotaba en el aire.
“¿Se curará?” “Las lesiones son irreversibles, Isabel. Se ha seccionado la médula”. Miraban el bulto inmóvil que yacía enterrado entre una confusión de cables, viales y monitores.
 Cuando llegó a casa envió a Gabriel un escueto mensaje al móvil antes de desconectar el suyo: “No me esperes”. Luego desmenuzó el billete de avión en trozos minúsculos y, solo al volcar la mirada sobre las ilusiones que se amontonaban destrozadas a sus pies, lloró hasta vaciarse. 
Isabel no sentía. Toda ella era un vacío, un cuaderno en blanco que esperaba llenar de nuevos sentimientos hacia aquel hombre destrozado que la amarraba a una vida que ya había sido arrasada una vez por la rutina. Esta vez ella procuraría que todo fuera diferente. 

Deriva. Por Mato y Lavanda

 

Relato escrito a cuatro manos con mi compañero de letras Mato Campisi.

No quiero morirme sin llenarme de nuevo de “amorojos” (amor pleno y eterno, en estado de gozo pacífico).

Es impresionante cómo el tiempo destruyó nuestro pequeño barquito zarandeándolo contra los arenales de la vida. La “Teresinna Cindapacchio”… Algunos lobos de mar todavía arreglamos, calafateamos, lijamos y volvemos a repintar el casco de nuestro pasado, para reencontrarnos cuando nos extrañamos. No, mi dama de los silencios más estruendosos, no te olvido. Es difícil.  Pasa El Tiempo, señor dueño de nuestros tiempos, que nos da su plazo diminuto para nuestras minúsculas libertades condicionadas y aquí me encuentro recordándote, mi amorcito, como hace ya cuarenta y tres años.

Nuestra nave espacial del espacio oceánico… la pinté como sabes de morado celeste y blanco, para que se escondiera entre las olas de los ojos malévolos. A partir de mañana voy a tu reencuentro. Siete meses en altamar con todo: Agua, harina, especias y mis estrellas. Zarparé tranquilo fumándome unos buenos habanos, vaciándome unas buenas botellas de vino, de esas que tienen etiquetas con tapetes pegados de seda rusa y sangre espirituosa dentro, con el sonido dulce de aquella polka que danzábamos juntos.
¡Mañana es el Gran día de mi vida! Solo.  Siete meses en altamar a tu lado invisible, mi bella alma y amada Teresa, gloriosa meretriz de los románticos, deliciosa piel de las almas. Píntate los labios como los soñé hoy, como el rubí de Madagascar.

Llegaré si Dios quiere en siete meses, zarpo mañana…

 

Alta mar, mi amada Teresa. El océano infinito amortaja mi anhelo de tu risa. Me acuna por fuera, pero no alcanza su vaivén a adormecer el deseo de hallarte. Todo es aire y bruma que me gritan tu nombre peregrino.  Las nubes llevan tatuado el rubor de tus mejillas.  El viento me susurra los sueños que tú sueñas. Las gaviotas vienen cada amanecer. Casi no las veo cuando llegan, travestidas de oscuridad, disueltas en este martiempo que nos devora, y me asaetean con sus risas enloquecidas que mi impaciencia ha repintado con el color de tu nombre. Así me siento Odiseo, navegando imposibles mientras tú, Penélope tejedora, tejes el devenir de la espera absoluta.

 

He bebido agua de mar, mi musa, para acercarme a la boca el sabor de tus lágrimas que tantos lustros llevo añorando. Tenía tanta sed de un beso tuyo, de un colarte como el agua a través de mi garganta, tal cual tú lo haces en mis sueños y vigilias sazonadas del más bello delirio, que el buchito de ola me depositó en los labios tu ternura.

Teresa, mi musa elocuente de silencios descortezados: estoy ya muy cerca de tu estela. Me deshago en ella, me disuelvo en la nostalgia de tu abrazo.

Se me acabaron el vino y los habanos y la harina se esfumó como humo entre mis dedos salobres. Hoy me fumo los recuerdos que bordaste a punta de caricia sobre el vértice de mi espalda desnuda, ¿te acuerdas? Cómo me quemaban las yemas de tus dedos… con qué insolencia conquistadora dejaron impresa su huella en mis adentros. Igual que este sol asesino que me va deshaciendo poco a poco estrangulándome entre sus rayos.

Son tantos días ya a la deriva, semanas, meses, intentando encontrar entre las olas la luz de tus manos, que se me han quemado los ojos de buscarte. Ya no distingo luz de oscuridad. Ya perdí el rumbo en el devenir sangrante del deseo.

Pero ya… Ahí estás, por fin, mi pequeña luciérnaga marina, bailando en la marea como una estrella precipitada.

 

Ya voy, mi musa, astro reluciente, a saciar mi sed en tu cintura, mis delirios en el regazo de tus senos amantes. Ya voy, mi bien. No tardo.

 

Si no puedes con tu enemigo…

Ya estaba bastante harta. Todos los días lo mismo. Lo mismo daba que barriera o  no el balcón, quiero decir. Al rato estaba lleno de flores marchitas de las macetas de mi vecina de arriba. Y lo mismo daba también que volviera a pasar la escoba, porque las florecillas resecas de todos los colores: rosa, blanco, violeta… revoloteaban por todas partes haciendo remolinos como si estuvieran vivas y su juego preferido fuera reírse de mi frustración. Se escondían detrás de la escoba, en la esquina del mueble del balcón y en cualquier resquicio donde me resultara más difícil sacarlas. Cada mañana se repetía la misma escena. 

Al final ya no pude aguantar más y decidí ir a hablar con mi vecina. Antes de pulsar el interruptor de llamada del ascensor respiré hondo y conté mentalmente hasta diez. No quería dejarme llevar por el estado de ánimo que me había hecho tomar la decisión de ponerle fin a aquello de una vez por todas. 

Llamé al timbre y escuché tras la puerta sus pasos saltarines, que se quedaron inmóviles unos segundos durante los que imaginé la cara redonda de mi vecina asomada a la mirilla, investigando quién sería el que interrumpía sus quehaceres a la hora de la comida. 

Abrió la puerta, me miró sonriente y me dijo:  Hola, guapísima, ¿en qué puedo ayudarte?

Me la quedé mirando un instante y la vi regando sus macetas de geranios con su regadera de color fucsia. 

—Me encantan tus flores —le dije. Y le pedí unos esquejes. 

Me invitó a entrar en su casa y nos dirigimos al balcón. Era como un jardín de ensueño, con sus geranios exuberantes que perfumaban el aire y lo llenaban de una maravillosa melodía cromática. Me presentó a sus “niñas”. Les había puesto nombre y estoy segura de que sonrieron llenas de gozo mientras ella las nombraba, regalándole sus mejores esquejes que me entregó con una sonrisa. 

Cuando llegué a casa coloqué mis nuevas “niñas” en un recipiente con agua, me vestí y salí a comprar tiestos grandes y tierra de compost para ponerlas en mi balcón.

Ya que no iba a poder evitar que se llenara de flores secas, al menos disfrutaría de los colores y aromas de su lozanía.