Apenas dos instantes

Hoy está turbio el río. Ha llovido. Sus aguas traen el aroma de la vida, a tierra mojada, moho y almizcle, y el color de la melancolía. Bajo ellas habita el vaivén plateado de los peces.

Es un barullo de sentimientos puros en diferentes proporciones que en su mezcolanza conserva un poco de  cada uno, pero es todos y ninguno al mismo tiempo, la melancolía. 

Con el pardo y el gris pasa lo mismo: llevan un poco de la pasión roja de la vida, de la alegría amarilla del sol y de la pureza azul del cielo pero cuando confluyen en un único torrente sin tomarse la molestia de decirte su nombre, se convierten en algo que te hace sonreír y llorar al mismo tiempo.

Los días como hoy, grises, pardos, mezclados, me revelan la magia de la autenticidad. Me permiten ver las cosas tal como son, sin vestirlas de oropel como hace el sol, ni disolverlas con la veladura de la lluvia. 

Salgo fuera y mi alma me pide a gritos que la desnude del artificio del color y le permita vestirse de sinceridad. Y yo lo hago. En mi casa no hay paraguas.

Mientras pienso en esto, derramándose sobre mí un cielo gris, veo estallar sobre la superficie del río en calma miles de gotas que han quedado retenidas en el follaje de la orilla. Parece como si siguiera lloviendo, pero es mentira. Miro al cielo, contra la oscuridad casi negra del alero y no veo la lluvia.

De pronto sale el sol y entre las hojas titilan destellos con la blancura metálica del diamante. Estrellas derramadas. Esperan que el sol las evapore para subir de nuevo a iluminar los silencios de los amantes entregados.

 

Mi cama y yo

Mi cama es un lugar muy importante, porque en ella ocurre una parte primordial de mi vida.

Cuando duermo sola apenas la deshago y al despertarme tengo el cuerpo lleno de rayas donde se han quedado tatuadas las arrugas de las sábanas, señales de mi inmovilidad. Solo con estirar un poco de las esquinas la cama queda perfectamente hecha y ordenada, como si nadie hubiera dormido en ella.

Cuando él se marchó de casa se llevó su almohada. Usábamos cada uno la nuestra, porque a él le gustaba dura y a mí blanda, a él plana y a mí alta, a él rígida y a mí mullida. La mía es de látex y cuando quito la cabeza se queda el hueco marcado. Además, teníamos que usar dos, porque durante la noche me gusta colocarla paralela a mi cuerpo y abrazarme a ella. Es una forma de no sentir que duermo sola.

Ahora, cada vez que hago la cama, coloco mi almohada en el centro y la cubro con la colcha, casi igual que hacía antes, pero queda un espacio vacío a cada lado que hace que la cama parezca mucho más ancha. También la casa parece más grande durante el día y se oyen más fuerte los ruidos de los vecinos.

Cuando él no se había ido la cama siempre quedaba algo irregular, por más empeño que pusiera en colocar nuestras almohadas para que parecieran iguales. Siempre quedaba una depresión en su lado, una planitud que se intensificaba al compararla con la redondez de mi lado, y hacía que el conjunto presentase a la vista una especie de desequilibrio y diese la impresión de ir a caerse de un momento a otro.

Ahora, aunque los espacios vacíos de los lados parecen pedir algo, percibiéndose como dos interrogantes silenciosos, el efecto de desequilibrio ha desaparecido por completo. A veces  una ausencia aporta una estabilidad insospechada. Hay días en que me asalta el deseo de adquirir una almohada nueva, igual a la mía, y colocarla en el espacio que él dejó al irse. Luego pienso que ver la cama vestida de nuevo con dos almohadas me traería constantemente a la memoria aquel efecto de desequilibrio que me provocaba tanta tristeza y desisto.

De cualquier forma, a mí lo que siempre me ha gustado es desbaratar la cama por las noches, dejándola reducida a ese desorden que recuerda un campo de batalla. Arrugar las sábanas, colocarlas en diagonal y que se me salgan los pies por debajo. Tirar de las esquinas de la tela para sentir sobre la piel el calor que ha dejado en ellas otro cuerpo. 

Cuando él se marchó y se llevó su trozo de almohada, yo apenas recordaba ya aquella sensación de batalla y hacía mucho que el espejo del baño me devolvía todas las mañanas un rostro cruzado de rayas.

También es cierto que dormir sola tiene sus ventajas, porque no hay nadie que me amenice las noches de insomnio con sus ronquidos sacándome de quicio. Por otro lado me cuesta mucho más conseguir que mis pies entren en calor y cuando me despierta alguna pesadilla no puedo contársela a nadie. Últimamente he cogido la costumbre de dormir con una libreta sobre la mesilla. Escribir las pesadillas no es lo mismo que contarlas pero tiene el mismo efecto de desmitificar el pánico.

Lo de los pies lo he solucionado comprándome una manta eléctrica.

Hay días que pienso que si no durmiera tanto no sería yo.

 

Cuté llora toda la pena del Universo

Tras colgar el teléfono, Cuté se deshizo en llanto. No fue instantáneo: permaneció inmóvil, mirando el aparato, durante el tiempo que se demoró su cerebro en calibrar la magnitud de la información que acababa de recibir. Luego la invadió un llanto espeso, demoledor.

La primera lágrima que recorrió su mejilla le dejó a Cuté un surco brillante como el trazo de los caracoles sobre la piel de las manzanas que, partiendo del lagrimal derecho, fue a recalar en la comisura de su boca. Allí se hundió un momento hasta que, envalentonada por el empuje de dos lágrimas más, rebasó la barrera del labio inferior y rodó barbilla abajo, dando lugar al nacimiento de una estalactita bajo la curva del mentón.

Aquello no fue más que el principio del fin. A partir de entonces, Cuté lloró sin solución de continuidad hasta disolverse en llanto. 

Durante ese tiempo la vi menguar minuto a minuto, derramada en gotas que intentaban erosionar su melancolía.

Varios siglos más tarde, cuando Cuté terminó de llorar, todo el suelo de la casa estaba salpicado de pequeños círculos blancos. Parecía un cielo estrellado. Allí donde el tiempo había evaporado la humedad de cada lágrima permanecía el vestigio fehaciente, circular y salino, de una porción deshidratada de Cuté.

Cuando cesó su llanto quedó reducida a un cuarto de su volumen inicial. La levanté en mis brazos sin esfuerzo. Parecía una muñeca de porcelana, tan liviana, tan blanca.

Busqué en el trastero y la vestí con la ropa que guardábamos allí de cuando nuestra hija era niña. Después rasqué con un cuchillo las gotas desecadas, portadoras de la materia inerte de su dolor y las guardé en un cofrecillo, entregándoselo a mi pequeña Cuté, que sonreía feliz tras haber expulsado, por fin, toda la pena.

 

Resiliencia

En aquel instante Isabel supo que sus sueños jamás se cumplirían.

Acababa de llegar del centro comercial, después de pasar la tarde eligiendo la ropa para el viaje. En el joyero de su mesilla de noche dormitaba feliz el billete de avión que la llevaría lejos, en una huida sin retorno.
Sonó el teléfono. Isabel contestó eufórica imaginando al otro lado la voz lenta de su amante proponiéndole alguna pequeña modificación de última hora para sus planes de fuga. La voz que escuchó no era la de Gabriel.
“¿Isabel Hidalgo? ¿Es usted la esposa de Agustín Márquez? Lamento informarle de que su marido acaba de ingresar en este hospital por un accidente de tráfico”.
Isabel entró en Urgencias casi sin pulso. La vida se escurría de sus bolsillos. Aquella vida recién inventada, aún por estrenar, se diluía en el vapor de desinfectante que flotaba en el aire.
“¿Se curará?” “Las lesiones son irreversibles, Isabel. Se ha seccionado la médula”. Miraban el bulto inmóvil que yacía enterrado entre una confusión de cables, viales y monitores.
 Cuando llegó a casa envió a Gabriel un escueto mensaje al móvil antes de desconectar el suyo: “No me esperes”. Luego desmenuzó el billete de avión en trozos minúsculos y, solo al volcar la mirada sobre las ilusiones que se amontonaban destrozadas a sus pies, lloró hasta vaciarse. 
Isabel no sentía. Toda ella era un vacío, un cuaderno en blanco que esperaba llenar de nuevos sentimientos hacia aquel hombre destrozado que la amarraba a una vida que ya había sido arrasada una vez por la rutina. Esta vez ella procuraría que todo fuera diferente. 

Deriva. Por Mato y Lavanda

 

Relato escrito a cuatro manos con mi compañero de letras Mato Campisi.

No quiero morirme sin llenarme de nuevo de “amorojos” (amor pleno y eterno, en estado de gozo pacífico).

Es impresionante cómo el tiempo destruyó nuestro pequeño barquito zarandeándolo contra los arenales de la vida. La “Teresinna Cindapacchio”… Algunos lobos de mar todavía arreglamos, calafateamos, lijamos y volvemos a repintar el casco de nuestro pasado, para reencontrarnos cuando nos extrañamos. No, mi dama de los silencios más estruendosos, no te olvido. Es difícil.  Pasa El Tiempo, señor dueño de nuestros tiempos, que nos da su plazo diminuto para nuestras minúsculas libertades condicionadas y aquí me encuentro recordándote, mi amorcito, como hace ya cuarenta y tres años.

Nuestra nave espacial del espacio oceánico… la pinté como sabes de morado celeste y blanco, para que se escondiera entre las olas de los ojos malévolos. A partir de mañana voy a tu reencuentro. Siete meses en altamar con todo: Agua, harina, especias y mis estrellas. Zarparé tranquilo fumándome unos buenos habanos, vaciándome unas buenas botellas de vino, de esas que tienen etiquetas con tapetes pegados de seda rusa y sangre espirituosa dentro, con el sonido dulce de aquella polka que danzábamos juntos.
¡Mañana es el Gran día de mi vida! Solo.  Siete meses en altamar a tu lado invisible, mi bella alma y amada Teresa, gloriosa meretriz de los románticos, deliciosa piel de las almas. Píntate los labios como los soñé hoy, como el rubí de Madagascar.

Llegaré si Dios quiere en siete meses, zarpo mañana…

 

Alta mar, mi amada Teresa. El océano infinito amortaja mi anhelo de tu risa. Me acuna por fuera, pero no alcanza su vaivén a adormecer el deseo de hallarte. Todo es aire y bruma que me gritan tu nombre peregrino.  Las nubes llevan tatuado el rubor de tus mejillas.  El viento me susurra los sueños que tú sueñas. Las gaviotas vienen cada amanecer. Casi no las veo cuando llegan, travestidas de oscuridad, disueltas en este martiempo que nos devora, y me asaetean con sus risas enloquecidas que mi impaciencia ha repintado con el color de tu nombre. Así me siento Odiseo, navegando imposibles mientras tú, Penélope tejedora, tejes el devenir de la espera absoluta.

 

He bebido agua de mar, mi musa, para acercarme a la boca el sabor de tus lágrimas que tantos lustros llevo añorando. Tenía tanta sed de un beso tuyo, de un colarte como el agua a través de mi garganta, tal cual tú lo haces en mis sueños y vigilias sazonadas del más bello delirio, que el buchito de ola me depositó en los labios tu ternura.

Teresa, mi musa elocuente de silencios descortezados: estoy ya muy cerca de tu estela. Me deshago en ella, me disuelvo en la nostalgia de tu abrazo.

Se me acabaron el vino y los habanos y la harina se esfumó como humo entre mis dedos salobres. Hoy me fumo los recuerdos que bordaste a punta de caricia sobre el vértice de mi espalda desnuda, ¿te acuerdas? Cómo me quemaban las yemas de tus dedos… con qué insolencia conquistadora dejaron impresa su huella en mis adentros. Igual que este sol asesino que me va deshaciendo poco a poco estrangulándome entre sus rayos.

Son tantos días ya a la deriva, semanas, meses, intentando encontrar entre las olas la luz de tus manos, que se me han quemado los ojos de buscarte. Ya no distingo luz de oscuridad. Ya perdí el rumbo en el devenir sangrante del deseo.

Pero ya… Ahí estás, por fin, mi pequeña luciérnaga marina, bailando en la marea como una estrella precipitada.

 

Ya voy, mi musa, astro reluciente, a saciar mi sed en tu cintura, mis delirios en el regazo de tus senos amantes. Ya voy, mi bien. No tardo.

 

Si no puedes con tu enemigo…

Ya estaba bastante harta. Todos los días lo mismo. Lo mismo daba que barriera o  no el balcón, quiero decir. Al rato estaba lleno de flores marchitas de las macetas de mi vecina de arriba. Y lo mismo daba también que volviera a pasar la escoba, porque las florecillas resecas de todos los colores: rosa, blanco, violeta… revoloteaban por todas partes haciendo remolinos como si estuvieran vivas y su juego preferido fuera reírse de mi frustración. Se escondían detrás de la escoba, en la esquina del mueble del balcón y en cualquier resquicio donde me resultara más difícil sacarlas. Cada mañana se repetía la misma escena. 

Al final ya no pude aguantar más y decidí ir a hablar con mi vecina. Antes de pulsar el interruptor de llamada del ascensor respiré hondo y conté mentalmente hasta diez. No quería dejarme llevar por el estado de ánimo que me había hecho tomar la decisión de ponerle fin a aquello de una vez por todas. 

Llamé al timbre y escuché tras la puerta sus pasos saltarines, que se quedaron inmóviles unos segundos durante los que imaginé la cara redonda de mi vecina asomada a la mirilla, investigando quién sería el que interrumpía sus quehaceres a la hora de la comida. 

Abrió la puerta, me miró sonriente y me dijo:  Hola, guapísima, ¿en qué puedo ayudarte?

Me la quedé mirando un instante y la vi regando sus macetas de geranios con su regadera de color fucsia. 

—Me encantan tus flores —le dije. Y le pedí unos esquejes. 

Me invitó a entrar en su casa y nos dirigimos al balcón. Era como un jardín de ensueño, con sus geranios exuberantes que perfumaban el aire y lo llenaban de una maravillosa melodía cromática. Me presentó a sus “niñas”. Les había puesto nombre y estoy segura de que sonrieron llenas de gozo mientras ella las nombraba, regalándole sus mejores esquejes que me entregó con una sonrisa. 

Cuando llegué a casa coloqué mis nuevas “niñas” en un recipiente con agua, me vestí y salí a comprar tiestos grandes y tierra de compost para ponerlas en mi balcón.

Ya que no iba a poder evitar que se llenara de flores secas, al menos disfrutaría de los colores y aromas de su lozanía. 

Llueve en Bilbao

Llueve en Bilbao. Un manto gris atenúa los colores y tiñe de tristeza el ánimo de María.

Acaba de despertar y, asomada a la ventana de su habitación, rememora su sueño. Ha vuelto a tener pesadillas. Le pasa mucho últimamente. Comenzó a ocurrir más o menos al mismo tiempo que las noticias de los extraños asesinatos. Son muertes que no siguen un patrón fijo. Las víctimas, hombres, mujeres y niños, no tienen ninguna relación aparente entre sí. Los esfuerzos de los investigadores por dar con un nexo han resultado del todo infructuosos. 

María ha soñado esta noche que era acosada por un grupo de hombres. Ella intentaba entrar en un urinario público y aquellos chicos se burlaban, reían a carcajadas y le impedían el paso, turnándose entre ellos para entrar al water de mujeres, mofándose de su apremio. Al final, iban saliendo a medida que satisfacían sus necesidades, hasta que solo quedó uno.

Entonces volvió a ocurrir. María sintió cómo la ira la invadía de forma total y repentina. Hasta pudo sentir el rojo intenso que le calentaba las mejillas y las orejas, igual que las otras veces. 

Cuando vio salir al último de aquellos cabrones insolentes, lo agarró del cuello y lo empujó dentro del urinario minúsculo. Mirándole a los ojos, sonriendo, golpeó metódicamente su cabeza una y otra vez contra los azulejos blancos de la pared y observó fascinada cómo se iban tiñendo de hermosas salpicaduras rojas que crecían y chorreaban trazando bellísimos diseños iridiscentes. Después de perder la cuenta de los golpes, al mismo tiempo que su presa se convertía en un muñeco blando y resbaladizo, vio también trozos de masa cerebral que se pegaban a la superficie cristalina de la pared como si fueran medusas viscosas y semitransparentes. Lo que más fascinó a María fue la viveza, el realismo de la escena que ella sabía pesadilla, pero tenía todos  los ingredientes y sensaciones de la realidad.  Y cómo, gradualmente, desaparecía todo rastro de insolencia de los ojos de aquel estúpido hijo de puta.

Llueve en Bilbao. María se levanta, cierra la ventana y, antes de dirigirse a la cocina a preparar su café cargado del desayuno, enciende la radio y escucha la noticia de un nuevo asesinato sin sentido.

En el baño, abre el grifo hasta el máximo, coloca sus manos bajo el chorro templado y deja que el líquido color amapola que desprenden se vaya por el desagüe junto con los últimos jirones del recuerdo de su pesadilla.

Naima quiere ser libre

Las colinas que rodean el campamento de refugiados son de color violeta y naranja al amanecer. Cuando las primeras luces empiezan a agrisar el interior de su jaima, Naima se levanta. Se mueve felina para no despertar a los que aún duermen y coloca sobre su cabeza  el cántaro de barro rojo que un día fabricó con sus manos. Mientras camina hacia el pozo, con el frescor de la mañana acariciándole la piel, se siente libre. El mundo recién nacido, apenas embozado en vapores que danzan sobre la arena, acunado por el canto de los grillos que despiertan, es todo suyo. Ella es la reina. Poderosa reina que camina por sus dominios sin que ose nadie parar sus pasos. Su barbilla alta, sus pasos elásticos. Su mirada altiva busca en el horizonte el extremo del hilo rojo que la une a la libertad. 

Como un espejo, el pozo le devuelve una mirada llena de paz y Naima atesora con avaricia esos pocos minutos en que su vida es toda suya. 

Poco rato después, el aire se llena de palabras liberadas del sueño que brotan de la entrada de la jaima, de gritos, órdenes y apremios, y Naima recoge nerviosa, como pillada en una falta, el cántaro rebosante de un agua fresca que gotea sobre la piel de sus brazos, de sus hombros, de sus mejillas, y se mezcla, desalándolas, con sus lágrimas, mientras su espalda se arquea en dirección a la tierra y sus pasos emprenden corriendo el camino de regreso a casa.

Antes del silencio

Para cuando el camión llegó a su destino Rashid ya no era más que un amasijo de carne sanguinolenta.

Allá en la aldea, llevaba tanto tiempo planificando una huída imposible que cuando aquella noche descubrió abierto el portón trasero del remolque no se lo pensó un segundo. Nadie le echaría en falta. Si acaso notaba alguno su ausencia, ya estaría lejos. Lejos del alcance de sus explotadores, de las picaduras de los insectos, de las noches con el hambre enganchado en la boca dolorida del estómago. Lejos del muro invisible que se oponía a su libertad desde el mismo día de su nacimiento. 

Su madre, el único ser humano que alguna vez tuvo para él un gesto parecido a la ternura, había abandonado la aldea y a Rashid unos meses antes de que cumpliera diez años, para casarse con el hermano mayor de Hassan, el padre de sus cinco hijos, degollado por los paramilitares durante la última revuelta tribal.

Cuando los soldados encontraron al pequeño dormido entre los sacos del fondo del remolque, ni siquiera tuvo tiempo  de reconocer los rasgos raciales que le convertían en una presa indefensa. No hizo el más mínimo amago de escapar cuando los soldados se ensañaron con sus machetes después de violarle uno tras otro.

La tierra y yo

La tierra está fría, yo lo huelo. Se ha  vestido de luto para recibirme en su reino de tinieblas y olvido y por eso ha olvidado desvestirse del helor tenebroso de sus labios.

Aún así, me besa con su boca mojada y yo me dejo besar con la mansedumbre del miedo  que ya se ha perdido. Ya estás aquí, me dice. Te esperaba. Y me acaricia la nuca con sus dedos de sarmientos secos. 

Recuerdo bien su contacto en las plantas de mis pies desnudos. Recuerdo el choque de sus dedos muertos, de sus labios de hielo que otros días me hicieron temblar. Hoy me besa toda, me abraza. Me encadena. Me arroja su aliento mojado de oscuridad, me embadurna de silencio negro y amortaja con él mis costillas desvencijadas de vacío, desahuciadas de latidos. Mientras, luchan mis músculos inertes por huir de esta cárcel de carne de árbol hacheado. 

Pronto seremos uno, dice el aliento de la tierra renegrida. Y me estremezco. Lloran mis huesos blancos en la soledad abismal de la negrura que lo anega todo en un instante.

Pronto seremos uno, ríen mis huesos con su voz tubular de astillas blancas. Y caigo en espiral hacia el vórtice voraz de un agujero negro que me aspira. 

Uno con la tierra,  con mi cárcel de pino derrotado, con mi mortaja de pureza inmaculada.

Uno otra vez y ya ninguno, canta el canto mortal la brisa que se cuela, como un pañuelo blanco que, en el andén, despide somnoliento al tren que aleja de mí un último halo de existencia.