Quien tiene un amigo no necesita tesoros

Sonia abre los ojos en la oscuridad y escucha. Cree haber oído un ruido. Escudriña el silencio, atenta a cualquier sonido extraño que pudiera haberla despertado, pero no se oye nada.
Tranquila, vuelve a cerrar los ojos y enseguida duerme otra vez.
Unos minutos más tarde, abre los ojos de nuevo. Ahora sí, está segura de que ha oído algo. Levanta la cabeza de la almohada unos centímetros y aguza el oído. No hay nada extraño, solo el suave susurro de la respiración de uno de sus compañeros de piso, en la habitación de al lado.  Cierra los ojos e intenta dormir. Siente llegar el relax del sueño pero poco después, un ruido como de alguien arañando hace que los abra de golpe mientras el corazón le da un vuelco.
Intentando no perder la calma, piensa en la carcoma. Los muebles del piso son muy viejos, casi todos están apolillados y es la época del año en que todos los bichos están más activos. Algún gusano asqueroso se debe estar comiendo su cama, horadando en la madera redes de túneles que salen al exterior por esos agujerillos perfectamente redondos que muestran todos los muebles del piso. Más relajada, se vuelve a dormir.
No ha perdido del todo la consciencia cuando una vibración sorda la pone de nuevo en tensión. Sin embargo, solo necesita un par de segundos para reconocer el sonido. Sonríe aliviada. Qué tonta. Es el movil, que vibra en modo mute desplazándose sobre la superficie de la mesilla, para anunciar un mensaje.  Desperezándose, alarga la mano, agarra el teléfono, pulsa la tecla que abre la bandeja de entrada y la pantalla se ilumina como una linterna, disipando la oscuridad a su alrededor.
El mensaje es de un número que no tiene registrado en su lista de contactos, ya que aparece sin nombre.
“Sonia, no mires bajo tu cama”
 
Al leerlo se queda paralizada. No sabe quién lo ha enviado, pero sin duda la conoce: sabe su nombre y, por lo que dice, también conoce su manía de mirar bajo la cama antes de acostarse para comprobar que no hay nadie allí. Es un miedo irracional que la persigue desde niña, desde mucho antes de lo que puede recordar. Un miedo que la atormenta y le impide dormir si no comprueba antes de acostarse que su asesino no va a saltar sobre ella y estrangularla en la oscuridad.
Hace unos días se lo contó a Mateo, rogándole que no se lo dijera a los demás. En el fondo se avergüenza de ser tan miedica, no quiere exponerse a sus burlas. Mateo es diferente. Él la comprende, la escucha. Hasta trató de hacerla enfrentarse a sus miedos de una forma racional, intentando demostrarle que es imposible que alguien entre en el piso sin que cualquiera de sus compañeros se den cuenta.  Y sí. A la luz del día todos los argumentos de Mateo la convencen, pero cuando llega la noche y tiene que meterse en la cama y apagar la luz, el miedo manda. Si no comprueba varias veces que está sola en la habitación es incapaz de pegar ojo.
Después de leer el mensaje, con el corazón golpeándole el pecho con saña y los latidos amenazando  con estallarle las sienes, lanza el móvil como si le quemara la mano. Intenta serenarse, respirar despacio, tomar aire, pero el odiado pitido que anuncia uno de sus frecuentes ataques de asma entra en escena, volviendo a entrecortarle la respiración.
A manotazos busca sobre la mesilla el inhalador que, en la confusión, cae al suelo y rueda, deslizándose bajo la cama. Sonia sabe que su única oportunidad pasa por controlar el pánico. Racionalizar la situación y ganar unos segundos para hacer lo necesario para salir de la crisis. Recuperar la calma, tranquilizarse, buscar el inhalador y aspirar la cortisona milagrosa que volverá sus bronquios a su estado normal.
Está muerta de pánico. No puede soportar la idea de mirar bajo la cama. Lo sabe, está segura: su asesino está ahí, rascando la madera con las uñas para ponerla nerviosa. Pero también su salvación está ahí. Necesita recuperar el inhalador antes de que sea demasiado tarde. Siente cómo cada segundo se hace más agudo el silbido de sus bronquios, que se han estrechado tanto que apenas pasa aire. Abre la boca y la cierra con desesperación como un pez fuera de su pecera, intentando beberse el aire que necesita para vivir, y que huye de sus pulmones. Se mira las manos, que tiemblan convulsas, nota el rostro abotargado, congestionado por el esfuerzo, entumecido. Nota que la falta de oxígeno en el cerebro amenaza ya con hacerle perder el sentido.
Enciende a tientas la lamparita de la mesilla. La luz hace que sus fantasmas no parezcan tan terroríficos y, con un esfuerzo titánico, tanto físico como de voluntad, se asoma bajo el colchón rogando que el dichoso inhalador no se haya ido muy lejos y pueda agarrarlo sin tener que arrastrarse por el estrecho espacio que separa el somier del suelo.
Hay un objeto bajo su cama.
Un objeto cuadrado que brilla bajo la luz indirecta de la lámpara. No tiene tiempo para pensar en identificarlo, sin embargo, lo reconoce. Es el viejo walkman de Mateo. Se pregunta qué hace ahí. Manoteando en busca de su medicina, pulsa accidentalmente una de sus teclas y escucha cómo la cassete que lleva dentro reproduce los sonidos de arañazos que ella tomó por termitas devoradoras de madera.
Un estruendo de carcajadas irrumpe entonces en la habitación. Se lo están pasando en grande. Sonia comprende todo de pronto: la grabación, el walkman de Mateo, Mateo, el mensaje, su secreto, su confesió, Mateo. Mateo, maldito hijo de puta. Pedazo de cabrón.
Sus compañeros se acercan, se ríen, no pueden parar de reír, la señalan y se ríen más, lloran de risa. Sonia gesticula, no le sale la voz, no puede hablar. Ya no tiene aire, su cerebro lleva un rato sin recibir el oxígeno necesario.
Boquea una vez, dos, tres, y se desploma sin vida sobre la cama mientras sus amigos continúan riendo, disfrutando de la broma, sin saber que Sonia ya no puede oírles.

 

La suerte de una fea

La tía Matilde era fea. Muy fea. Era fea ya antes del accidente, pero después, además de fea era asimétrica. Tenía una asimetría simpática, de las que no hacen daño a la vista, porque le curvaba hacia arriba la comisura izquierda de la boca. 

Matilde era del pueblo de al lado. A los mozos de Villafermosa les gustaba buscar novia en el pueblo de al lado. Decían que a las vecinas las tenían muy vistas. Allí la encontró mi tío Tasio, en el pueblo de al lado. Se casó con ella y se la trajo a Villafermosa. Ignoro si por aquel entonces ya era fea, porque no la conocí hasta muchos años después, poco antes del accidente. De lo que sí estoy segura es de que el día que se puso el vestido blanco, fue la moza menos fea del pueblo.

Llegó a la casa tocando a rebato con su voz aguda que siempre parecía estar dando órdenes. Y vaya si las daba. Era imposible ignorarla. Además de moverse como una ardilla todo el tiempo, para todos lados, se podía escuchar todo el tiempo, por todos lados, su risa de cristal. No era de cristal de bohemia, sino que más bien, parecía forjada del vidrio verde de los garrafones de arroba. Pero, vidrio o cristal, era igual. Matilde reía y todos lo que la oían sonreían, contagiados de su reír. 

El accidente le dejó tatuada la sonrisa en un lado de la cara, estirándole la boca y el ojo izquierdo. Uno la miraba por ese lado y le era imposible no quererla. Porque mirándola, uno imaginaba todo el dolor que había hecho falta para perpetuar la sonrisa en los labios y el ojo izquierdo de Matilde. Y era una barbaridad de dolor. Más de una arroba.

Estaban en la finca, recogiendo patatas, y Matilde se movió sin ton ni son, como hacía siempre. Para su fatalidad, no se rió en el momento en que Tasio daba marcha atrás con el tractor. Si se hubiera reído, como hacía siempre, Tasio habría oído su melodía verde de vidrio de garrafón y no la habría pasado por encima.

Matilde burló a la muerte igual que se burlaba siempre de todo el mundo, esta vez escondida entre las ruedas del tractor que le desfiguraron la cara. 

Pero todo aquello ya era agua pasada cuando hace un par de meses le dio un ictus. Su boca insistía hasta la mueca en la búsqueda incansable de la asimetría. 

Ayer volvió la muerte a terminar el trabajo que dejó a medias hace tiempo. La muerte siempre termina su trabajo. Alargó hacia la tía Matilde su mano descolorida y se fueron juntas.

Por el pasillo del hospital, inundado de luz blanca, cegadora, las vieron alejarse cuchicheando, cogidas del brazo como dos comadres, carcajeándose cada dos pasos con sus risas de garrafón.

Mañana la enterramos.

Érase una vez…

Muchas noches, más de las que desearía,  recuerdo la única vez que me leyeron un cuento. Yo tenía tres años.

Aquel hombre no era como los otros. Lo vi en sus ojos cuando pasó a mi lado y me sonrió, antes de cerrar la puerta del cuarto de mamá.

Algunos me traían juguetes o caramelos. Otros miraban a través de mí como si no me vieran y solo se percataban de mi existencia cuando lloraba de hambre, de sueño o de frío. Entonces gritaban enfurecidos haz callar a esa maldita mocosa o lo hago yo.

Este era distinto. Llevaba un libro de cuentos en la mano.

—¿Cómo te llamas, preciosidad?

—Rosana.

—¡Hola, Rosana! ¿Te gustan los cuentos? Este lo he comprado para mi hijita, pero si eres buena, luego te lo leo.

Dejó el libro sobre mi regazo y desapareció dentro del cuarto de mamá.

Esperé en silencio, procurando ser buena. Me preguntaba qué había dentro de aquellas páginas llenas de dibujos de colores. Eran preciosos.

Una eternidad más tarde el hombre se acercó. Se sentó sobre mi cama, abrió el cuento y empezó a leer mientras su mano caliente se deslizaba bajo mis sábanas y acariciaba mi vientre al mismo ritmo, lento y cadencioso, de su voz.

No entendí por qué mamá se enfadó tanto cuando nos vio. Yo pensaba que tendría que alegrarse de que aquel hombre fuera amable conmigo. Pero ella gritaba furiosa cosas como no te acerques a ella, hijo de puta, o te mato. 

Entonces el hombre la empujó hacia el cuarto y la oí gritar mucho rato. Mamá siempre gritaba cuando había un hombre en su cuarto. Luego se quedó callada.

Cuando el hombre distinto volvió a mi cama, me hizo mucho daño con esa cosa dura que tienen todos los hombres. Luego se marchó sin decirme adios y se dejó olvidado el cuento de su hija.

De la soledad y otros demonios

La insoportable desazón que la invadía siempre que, al meter la llave en la cerradura, comprobaba que tenía las dos vueltas echadas, no era más que un reflejo diluido de su soledad.

Ni su corazón ni su mente habían conseguido asimilarlo. “Es demasiado pronto”, se decía, tratando de convencerse de que algún día desaparecería ese vacío. Era solo cuestión de tiempo.

No podía entenderlo. Un día, Alberto estaba allí y al siguiente, una voz anónima y desconocida le informaba de que ya nunca volvería a estar. Ni un adios, ni un último beso. Solo el frío metálico de la mesa del depósito.

Pero la vida seguía adelante y el roce de su tristeza continuaba levantándole ampollas en el alma. Y le dolían cada día más, porque cada día que pasaba, su soledad afianzaba la pretensión de hacerse infinita.

Una noche de insomnio como cualquier otra, bañada por la luz lechosa de la farola que alumbraba su cocina, descubrió que el dolor y la nostalgia eran solubles en los vapores etílicos que emanaba cierto vidrio verde. Descubrió que si bebía podía dormir, que si dormía podía soñar, y nadando en las aguas pantanosas de los sueños ebrios, negar una realidad que la vigilia convertía en una tortura constante. Desde esa noche bebía cada vez más, porque cada vez se le hacía más difícil atrapar al olvido que, burlón, corría y corría vestido de quimera.

Desde esa noche, la desazón cambió de sitio. Ya no se asomaba por el ojo de la cerradura a golpe de dos vueltas de llave, sino que, traidora, se agazapaba tras el click de la puerta del mueble bar, escondida en el fondo de una botella vacía. 

Negociaciones

¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! 

—¿Diga? 
—Demetrio… 
—… 
—¿Demetrio? 
—… 
—Venga, hombre. Contesta. 
—… 
—Demetrioooooo… 
—¡Qué! 
—Vuelve. 
—¡Hala! Esta sí que es buena. ¡Que vuelva, dices! ¡Después de todas las burradas que me has dicho! 
—Está bien. Te pido disculpas. 
—… 
—¿Qué quieres? ¿que me ponga de rodillas? 
—… 
—Vuelve, joder. 
—¿Para qué quieres que vuelva? ¿Para seguir humillándome? 
—¡Humillarte! ¡Que yo te…! Mira, vamos a dejarlo, ¿eh? 
—Si empezamos así, cuelgo. ¿Me vas a negar que todo lo que hago te parece mal? ¿que le sacas pegas a tdo? ¿que andas siempre racaneando y jamás has tenido un solo detalle conmigo? 
—Vale, tío. Corta el rollo. ¿Qué quieres? ¿que te suplique? ¿que te diga que eres el que mejor me lo hace? ¿que te diga que te necesito? 
—Pues mira… algo así no estaría mal. Sería un comienzo. 
—Te necesito, eres el mejor. 
—¿Cómo has dicho? 
—Que eres el mejooor. El mejor de todos mis chicos. ¿Vale? ¿satisfecho? 
—Perdona, pero no te he oído bien, me lo repites? 
—Demetrio, cariño: Eres un crack, un artista. Te echo de menos. Mucho. No encuentro a nadie tan bueno como tú. Mejor dicho: no hay nadie tan bueno como tú. 
—Biennnn… vas bien. Sigue. 
—¿Vas a volver? 
—Depende… 
—Dispara. 
—Veinte euros la hora y los sábados libres… 
—¡Tío! 
—Cuelgo. 
—¡Vale! Acepto. 
—¿Dónde y cuándo? 
—Mañana a las 8 en la calle del Roble nº 7. Alicatar la cocina y el baño. ¡Qué gitano eres, tío! 
—Ok. Hasta mañana, jefe.

Si no quieres saber no preguntes

Hoy le ha dado a Lucia por el cálculo matemático. Lleva toda la mañana haciendo cuentas. Últimamente le ocurre mucho, se obsesiona con un tema y pasa varios días profundizando en él, hasta que se aburre o encuentra un tema nuevo que la seduce más. La semana pasada le dio por investigar sobre el exoesqueleto de los insectos voladores y sus diseños aerodinámicos. Hasta llegó a elaborar una teoría muy completa sobre la relación entre el tamaño y simetría de las alas y y las posibilidades de supervivencia de los abejorros.

 

Hoy lleva horas calculando lo que ella denomina: índices de ocupación doméstica del tiempo. Diseccionando los treinta años de su matrimonio, ha deducido que ha hecho la cama unas 10.950 veces, ha frito, a tres por semana, 4.680 huevos, ha lavado 7.894 calzoncillos… Lo de los polvos sin final feliz no lo tiene muy claro, porque la frecuencia ha ido variando con el tiempo, pero calcula, haciendo una media, que se acercarán bastante al número de los huevos.

En contrapartida, el cálculo de los momentos de felicidad cuantificados, las emociones, las atenciones recibidas, las palabras de ánimo, los apoyos… da resultados tan exiguos que la comparación de cifras resulta dolorosamente denigrante. 

 

Cuando ha llegado Manolo a comer, se la ha encontrado sentada en la taza del water, llorando a moco tendido, con los ojos enrojecidos y las bragas a la altura de las rodillas.

—Pero…¿qué te pasa, hija mía? (sí. Hace un par de años que su marido, haciendo alarde de un paternalismo indecente, la llama “hija mía”).

—¿Que qué me pasa? ¿Que qué me pasa? ¡Me has jodido la vida, cabrón!

—Joder, Lucía… Déjame que te explique, mujer. Que solo ha sido un calentón, ¡te lo juro!

 

La última semana de agosto

Muere el día. Sobre los muros late el sol acumulado en el corazón de las piedras. Los rayos se filtran oblicuos entre las ramas de las encinas, cada vez más romos, más entrecortados, y derraman charcos de luz que nos desdibujan las caras. 

Un silencio sigiloso y ladrón de acerca despacio, con pies de plomo, y se agazapa a nuestro lado, en medio de los dos. Donde solía sentarse ella. Como cada última semana de agosto, se repite el ritual de la nostalgia. Un homenaje al amor, a la amistad, a la memoria. ¿Quién sabe? Quizás solo sea una manera de demostrarnos a nosotros mismos que aún estamos aquí.

Las palabras nacen lentas, redondeadas, deshilachadas, con suavidad de lana tejida. Susurran como si por medio de algún conjuro el jardín se acabara de transformar en un espacio sagrado.

—Siempre se avergonzó un poco ante ti de ser como era.

—No entiendo. ¿Por qué iba a avergonzarse? ¿de qué?

—No sé explicártelo, pero era así. Cuando estabas tú no era la misma.

—¿Ella te lo dijo?

—No. Nunca hablábamos de esas cosas. No era necesario que me lo dijera.

—Entonces, ¿cómo lo sabes?

—La  conocía muy bien. Mucho mejor que tú.

—Eso es imposible.

—Ya sé que te duele, pero siempre lo supiste. Reconócelo.

El silencio se ahonda, se oscurece a la par de la tarde. Durante un rato parece haber alcanzado dimensión de eternidad, de fin. De FIN con mayúsculas. Pero no. Hay interrogantes flotando en el aire que no se resignan a quedarse callados y morir sin respuestas.

—¿De qué hablábais?

—¿Cuándo?

—Cuando estábais a solas. Cuando pasábais aquí la última semana de agosto cada verano.

—De todo y de nada. De la vida. De sueños y frustraciones. ¿qué sé yo?

—Siempre tuve curiosidad por saber qué hacíais aquí metidas toda una semana, en qué pasábais los días. Y celos. También celos. Cuando estábais juntas me sentía pequeño, apartado. ¿Para qué veníais aquí?

—¡Bah! El lugar era lo de menos. Aquí no nos molestaba nadie, se estaba bien. Veníamos a estar solas, para no sentir que estábamos solas. Para estar juntas. 

—¿Te hablaba de mí?

—Nunca. Aquí no existías. Nadie existía, solo nosotras.

—Cuéntame eso de que se avergonzaba. ¿Por qué?

—Por la manera como concibes el placer, como una debilidad, casi una bajeza.

—¿Yo hago eso?

—Ya lo creo. Y ella, que era el ser más hedonista del mundo, y disfrutaba con las cosas más insignificantes, se sentía mal por ti. Se sentía constantemente juzgada, aunque esclava de su pecado. Por nada del mundo habría renunciado a disfrutar, ni siquiera por ti. Tampoco tenía elección, estaba en su naturaleza. Para ella la vida era un enorme cajón lleno de sorpresas. Era un regalo. Ella también lo era, un hermoso regalo.

—Eso es cierto. A veces me exasperaba, lo confieso. Me parecía superficial su forma de reírse de todo. Creo que me daba envidia y me sentía culpable por ello. No. En realidad creo que la culpaba a ella, por tener esa capacidad que me faltaba a mí, ser feliz por el simple hecho de vivir. Solo. Nada menos.

—Sí. Por eso se murió tan pronto.

—¿Por eso? ¿fue por eso?

—Se bebió la vida a borbotones. Se atiborraba. Se murió por una sobredosis de vida. O tal vez, su vida era tan pura, tan densa, que no lo pudo soportar.

—Me alegro por ella. Quiero decir, por todo lo feliz que supo ser.

—Y yo.

El olor del jazmín o el rumor de las ramas del manzano, o quizás la transparencia de las flores filtrando la luz oblícua del ocaso. O la soledad. O la indefensión en que nos dejó su ausencia, aliñada con el néctar dulce del recuerdo, nos hacen alargar la mano y buscarnos sin mirarnos, tanteando entre los dedos del otro en busca del rastro de sus caricias que se nos quedó pegado en la piel. Ignoramos la perseverancia de la tristeza que nos une y nos separa como a dos vasos comunicantes comunicados por ella.

—Hay algo que siempre quise preguntarle, pero nunca me atreví.

—Ya no puedes. Tendrás que vivir con la duda.

—¿Fuísteis algo más que amigas?

—¿”Algo más” que amigas? No existe nada que sea más que ser amigas.

—Ya. Contéstame.

La noche ha llegado de puntillas. Nos damos cuenta cuando el farol de la fachada abre su enorme ojo de color naranja y nos mira. Llega una brisa fría y nos pinta la piel de los brazos con el aliento de los árboles. Callamos. Pasa un rato, dos, la eternidad entera.

—Vamos dentro, anda. Está refrescando.

—¿No me vas a contestar?

—No. No es asunto tuyo. Además, tengo por norma ignorar las preguntas mezquinas.

—Yo creo que sí.

—Que sí, ¿qué?

—Que sí es asunto mío. Era mi mujer.

—¿Ves como no la conocías? No era tu mujer, solo estaba casada contigo.

—¿Crees que ella…?

—¿Qué?

—¿…lo aprobaría?

—Estoy segura de que sí.

—Yo no estoy tan seguro. De cualquier forma, me alegro de que no lo sepa.

—Te equivocas, Javier. Aunque nos escondiéramos en el agujero más profundo del universo, ella siempre nos estaría mirando.

Apenas dos instantes

Hoy está turbio el río. Ha llovido. Sus aguas traen el aroma de la vida, a tierra mojada, moho y almizcle, y el color de la melancolía. Bajo ellas habita el vaivén plateado de los peces.

Es un barullo de sentimientos puros en diferentes proporciones que en su mezcolanza conserva un poco de  cada uno, pero es todos y ninguno al mismo tiempo, la melancolía. 

Con el pardo y el gris pasa lo mismo: llevan un poco de la pasión roja de la vida, de la alegría amarilla del sol y de la pureza azul del cielo pero cuando confluyen en un único torrente sin tomarse la molestia de decirte su nombre, se convierten en algo que te hace sonreír y llorar al mismo tiempo.

Los días como hoy, grises, pardos, mezclados, me revelan la magia de la autenticidad. Me permiten ver las cosas tal como son, sin vestirlas de oropel como hace el sol, ni disolverlas con la veladura de la lluvia. 

Salgo fuera y mi alma me pide a gritos que la desnude del artificio del color y le permita vestirse de sinceridad. Y yo lo hago. En mi casa no hay paraguas.

Mientras pienso en esto, derramándose sobre mí un cielo gris, veo estallar sobre la superficie del río en calma miles de gotas que han quedado retenidas en el follaje de la orilla. Parece como si siguiera lloviendo, pero es mentira. Miro al cielo, contra la oscuridad casi negra del alero y no veo la lluvia.

De pronto sale el sol y entre las hojas titilan destellos con la blancura metálica del diamante. Estrellas derramadas. Esperan que el sol las evapore para subir de nuevo a iluminar los silencios de los amantes entregados.

 

Mi cama y yo

Mi cama es un lugar muy importante, porque en ella ocurre una parte primordial de mi vida.

Cuando duermo sola apenas la deshago y al despertarme tengo el cuerpo lleno de rayas donde se han quedado tatuadas las arrugas de las sábanas, señales de mi inmovilidad. Solo con estirar un poco de las esquinas la cama queda perfectamente hecha y ordenada, como si nadie hubiera dormido en ella.

Cuando él se marchó de casa se llevó su almohada. Usábamos cada uno la nuestra, porque a él le gustaba dura y a mí blanda, a él plana y a mí alta, a él rígida y a mí mullida. La mía es de látex y cuando quito la cabeza se queda el hueco marcado. Además, teníamos que usar dos, porque durante la noche me gusta colocarla paralela a mi cuerpo y abrazarme a ella. Es una forma de no sentir que duermo sola.

Ahora, cada vez que hago la cama, coloco mi almohada en el centro y la cubro con la colcha, casi igual que hacía antes, pero queda un espacio vacío a cada lado que hace que la cama parezca mucho más ancha. También la casa parece más grande durante el día y se oyen más fuerte los ruidos de los vecinos.

Cuando él no se había ido la cama siempre quedaba algo irregular, por más empeño que pusiera en colocar nuestras almohadas para que parecieran iguales. Siempre quedaba una depresión en su lado, una planitud que se intensificaba al compararla con la redondez de mi lado, y hacía que el conjunto presentase a la vista una especie de desequilibrio y diese la impresión de ir a caerse de un momento a otro.

Ahora, aunque los espacios vacíos de los lados parecen pedir algo, percibiéndose como dos interrogantes silenciosos, el efecto de desequilibrio ha desaparecido por completo. A veces  una ausencia aporta una estabilidad insospechada. Hay días en que me asalta el deseo de adquirir una almohada nueva, igual a la mía, y colocarla en el espacio que él dejó al irse. Luego pienso que ver la cama vestida de nuevo con dos almohadas me traería constantemente a la memoria aquel efecto de desequilibrio que me provocaba tanta tristeza y desisto.

De cualquier forma, a mí lo que siempre me ha gustado es desbaratar la cama por las noches, dejándola reducida a ese desorden que recuerda un campo de batalla. Arrugar las sábanas, colocarlas en diagonal y que se me salgan los pies por debajo. Tirar de las esquinas de la tela para sentir sobre la piel el calor que ha dejado en ellas otro cuerpo. 

Cuando él se marchó y se llevó su trozo de almohada, yo apenas recordaba ya aquella sensación de batalla y hacía mucho que el espejo del baño me devolvía todas las mañanas un rostro cruzado de rayas.

También es cierto que dormir sola tiene sus ventajas, porque no hay nadie que me amenice las noches de insomnio con sus ronquidos sacándome de quicio. Por otro lado me cuesta mucho más conseguir que mis pies entren en calor y cuando me despierta alguna pesadilla no puedo contársela a nadie. Últimamente he cogido la costumbre de dormir con una libreta sobre la mesilla. Escribir las pesadillas no es lo mismo que contarlas pero tiene el mismo efecto de desmitificar el pánico.

Lo de los pies lo he solucionado comprándome una manta eléctrica.

Hay días que pienso que si no durmiera tanto no sería yo.

 

Cuté llora toda la pena del Universo

Tras colgar el teléfono, Cuté se deshizo en llanto. No fue instantáneo: permaneció inmóvil, mirando el aparato, durante el tiempo que se demoró su cerebro en calibrar la magnitud de la información que acababa de recibir. Luego la invadió un llanto espeso, demoledor.

La primera lágrima que recorrió su mejilla le dejó a Cuté un surco brillante como el trazo de los caracoles sobre la piel de las manzanas que, partiendo del lagrimal derecho, fue a recalar en la comisura de su boca. Allí se hundió un momento hasta que, envalentonada por el empuje de dos lágrimas más, rebasó la barrera del labio inferior y rodó barbilla abajo, dando lugar al nacimiento de una estalactita bajo la curva del mentón.

Aquello no fue más que el principio del fin. A partir de entonces, Cuté lloró sin solución de continuidad hasta disolverse en llanto. 

Durante ese tiempo la vi menguar minuto a minuto, derramada en gotas que intentaban erosionar su melancolía.

Varios siglos más tarde, cuando Cuté terminó de llorar, todo el suelo de la casa estaba salpicado de pequeños círculos blancos. Parecía un cielo estrellado. Allí donde el tiempo había evaporado la humedad de cada lágrima permanecía el vestigio fehaciente, circular y salino, de una porción deshidratada de Cuté.

Cuando cesó su llanto quedó reducida a un cuarto de su volumen inicial. La levanté en mis brazos sin esfuerzo. Parecía una muñeca de porcelana, tan liviana, tan blanca.

Busqué en el trastero y la vestí con la ropa que guardábamos allí de cuando nuestra hija era niña. Después rasqué con un cuchillo las gotas desecadas, portadoras de la materia inerte de su dolor y las guardé en un cofrecillo, entregándoselo a mi pequeña Cuté, que sonreía feliz tras haber expulsado, por fin, toda la pena.