Tal vez demasiado

Él llegó aquella tarde después del trabajo, como hizo cada día desde hacía muchos años. Tal vez demasiados. Le contó, mientras se desvestía en el dormitorio, que por fin había terminado las gestiones para  la jubilación anticipada. Le había costado cientos de consultas, papeleos, y la decisión no fue fácil: el sueldo se vería reducido a una pensión más bien modesta. Pero con eso y sus ahorros, seguro que sería suficiente. Aún era joven. a sus 57 años, deseaba con todas sus fuerzas  poder disfrutar de su tiempo sin hipotecarlo, junto con su libertad de elección, al mejor postor, como hacía desde hacía demasiado tiempo.

Su mujer le escuchaba en silencio, parada ante él mientras le veía  desvestirse, buscar en su parte del armario la ropa de casa, ir de un lado a otro sin saber muy bien el motivo de unos movimientos que a ella, acostumbrada a una economía sigilosa, se le antojaban innecesarios. Se alegró por él. Hacía tiempo que le notaba una mirada de hastío cada vez que se despedía de ella con un escueto “hasta luego” a primera hora de la mañana, cuando cada día se iba a la fábrica. Desde hacía ya mucho, no había beso en la mejilla acostada en la almohada,  no había guiño ni sonrisa, ni “mi vida”, ni “chiquita”. Tan solo ese gesto de frustración y desgana, y esa mirada furtiva parapetada tras aquel frío “hasta luego” que algunas mañanas le sonaba como una bofetada.

Se alegró de que desapareciera el motivo al que ella achacaba el cansancio y el hastío, porque así podría asegurarse si era aquel realmente el origen de su apatía.

Cuando terminó de contarle,  ella se dio cuenta de que su rostro no mostraba  la alegría lógica que debería ver en él  si finalmente había logrado aquello por lo que llevaba peleando tanto tiempo, Y se dio cuenta de que no había terminado de contarle. 

Más bien para romper una tensión que se estaba comenzando a instalar entre los dos, ella subió varios tonos la voz para decirle lo mucho que se alegraba de que todo hubiera salido bien. Ahora podrían viajar, programar juntos su tiempo libre, hacer muchas de las cosas que siempre habían ido posponiendo por falta de tiempo. Él se sentó en el borde de la cama y ella vio la curva que abatía sus hombros, la forma en que sus brazos  se apoyaban sobre las rodillas y la arruga casi imperceptible ( para todos menos para ella) que  se formaba en su entrecejo cuando algo no iba bien.

“Lo he hecho para estar con otra mujer”. Le sonó como si aquellas palabras hubieran sido pronunciadas por un completo desconocido. Era su voz, sin duda. Había visto moverse sus labios, pero no era capaz de establecer una conexión entre aquello y su marido, entre ese vacío y su vida.

Se quedó mirándole fijamente  como si le hubiera oído de pronto decir una frase en chino. Un leve asomo de sonrisa  se le formó en la comisura de los labios, dejando patente la dimensión de su desorientación.

Él callaba también, sin saber qué decir, cómo continuar. Después de un rato de silencio espeso que ninguno de los dos sabía como romper, le propuso salir a cenar  fuera y charlar en un lugar tranquilo, neutral, lejos de esas paredes que habían sido ya tantas veces testigos mudos de tantas cosas desde hacía tanto tiempo. Tal vez demasiado. Lejos de la posibilidad de que cualquiera de los dos, por pudor,  se dejara arrastrar a un derrumbe definitivo hasta la pérdida completa del respeto a sí mismo.

Faltaban aún unas horas para la cita. Plantada ante el espejo del baño, observaba la imagen que la miraba desde el otro lado del cristal. La conmiseración que leyó en sus ojos la llenó de pavor.

Se dio cuanta de que no sabía cómo arreglarse, qué ponerse. Sentía como si tuviera que hacerlo para un desconocido. Y así era, porque en un solo minuto, el hombre con quien llevaba compartiéndolo todo (así lo pensó ella durante demasiado tiempo), acababa de desvelarse ante ella como un completo desconocido.

Se preparó lo mejor que supo, como no lo hizo desde hacía mucho. Mientras bajaban juntos en el ascensor evitó mirar el rostro de su marido. No quería comprobar que aquellos rasgos que había contemplado tantas veces eran la pura demostración de que su vida estaba basada en una nube de humo.

Cuando llegaron al restaurante, uno nuevo en el que nunca habían estado juntos, pero donde el gesto amistoso del maitre le dio a entender sin lugar a dudas que  él lo conocía, eligió un sitio discreto al fondo del comedor, donde pudieran charlar amistosamente a salvo de miradas indiscretas, le explicó.

Los dos estaban incómodos, a la espera. Ella podía haber acelerado el proceso, preguntarle. Era lo que deseaba, deshacer de una vez aquella situación tan embarazosa que pretendía, sin lograrlo, darle apariencia de normalidad a aquello que la estaba consumiendo.

Finalmente fue él quien abordó el tema. Comenzó a contarle, como si le hablara del argumento de una película, todos los detalles de su aventura. Le fue desgranando, poco a poco, la forma cómo se conocieron, sus primeras citas, cómo la cosa “se le fue escapando de las manos” sin que se diera cuenta ni pudiera hacer nada para evitarlo. Ella escuchaba en silencio, asintiendo levemente, sin pronunciar una palabra. Le miraba a los ojos y se daba cuenta de que nunca había sabido traspasar la barrera de aquellos ojos, que detrás de sus sonrisas, de sus bromas, había habido siempre un muro que ella jamás intentó destruir.

Poco a poco, a medida que le escuchaba, le iban cuadrando cosas. Como si estuviera completando un crucigrama, una de sus frases resolvía el acertijo del retraso de aquella tarde, de sus explicaciones vagas cuando salía “a pasear solo”, de pequeños gastos injustificados que ella nunca había tenido la curiosidad de indagar. De algún vaho de perfume no identificado que la asaltaba de pronto desde una camisa o de la aparición en su balda de un libro nuevo  cuya procedencia nunca preguntó.

Ella le dejaba hablar, le veía gesticular con las manos, como hacía siempre, callar de pronto, cambiar el tono de su voz, interrogarla con un gesto o quedarse mirándola en espera de una respuesta. Hasta que llegó un momento  en que sus palabra se borraron. Un zumbido como de abejas las sustituyó en sus oídos y le llenó la mente de confusión, emborronándole todas las percepciones. Se dio cuenta de que si no hacía algo iba a terminar mareada, perdiendo el sentido y cayendo al suelo irremediablemente. Era una sensación demasiado familiar para ella. También él debió notarlo, porque entre una especie de neblina vio su mano que se acercaba sosteniendo una copa de vino que le ofrecía. El paso del líquido frío por su garganta paró en seco la sensación de mareo, haciéndole retomar la consciencia de la realidad.

Él seguía hablando sin parar, era increíble. Parecía como si alguien hubiera abierto una compuerta en su cabeza, soltando de pronto todo aquel torrente que llevaba reteniendo tanto tiempo, sin duda demasiado.

Cuando el zumbido de sus oídos cesó le oyó decir lo que creyó una conclusión a todo lo que le había ido exponiendo: “Las últimas veces que le hice el amor a ella fue a ti. Todo ha sido un error. Jamás debió ocurrir”. A la vez le observó derrotado, envejecido ante sus ojos, implorando con la mirada una palabra que eligiera uno de los caminos de la encrucijada que se abría ante ellos.

Ella se levantó un poco de la silla, alargó el brazo y con su dedo índice recogió una lágrima que pugnaba por soltarse del amarre de su párpado. La vio allí, intentando saltar fuera, entre el verde de sus iris. Intentando despegarse  de aquella barrera que la mantenía presa y pensó en cuánto habría dado por aquella lágrima en cualquier otro momento de su vida. La miró temblar sobre la yema de su dedo índice y se la llevó a los labios, bebiéndose su sabor salado y amargo con los ojos cerrados. Alargó su espalda  sobre la mesa y  alcanzó sus labios con la boca,  besándole, dejando un poco de aquella sal sobre la punta de su lengua.

Después, separándose, le miró unos segundos, abrió su bolso y buscó la cartera con movimientos tranquilos pero decididos. Estudió la cuenta que el camarero acababa de dejar sobre una pequeña bandeja en la mesa, entre los dos. Hizo mentalmente la división entre dos y, dejando en la bandeja la parte del pago de la última cena que le correspondía,  colocó sobre los billetes el aro de oro que había ceñido su  anular durante muchos años, tal vez demasiados. Y dando la espalda a toda aquella demasía, desapareció por la puerta entreabierta del comedor, perdiéndose en la noche.

Renovatio

Es 16 de Mayo de 2013. Las 17.30.

La tarde se oscurece de pronto. Una espectacular tormenta castiga los árboles arrancándoles los brotes tiernos. El primer relámpago desgarra ecos de dolor en mi vientre, partiéndome en dos. Es él. Ha vuelto para ver cómo se cumple su profecía.

 

Agosto de 2012. 

La tarde es seca y calurosa, el aire vibra y se sacude con el zumbido de los insectos. El sol arde en su cenit.

Llegué a la finca esta mañana huyendo de la soledad. Solo aquí, sin un ser humano en muchos quilómetros a la redonda, consigo desprenderme de ella. Intento concentrarme en la lectura, pero soy incapaz. Algo que electriza el aire me inquieta, erizándome el vello de los brazos. Renunciando a  encontrar  en el libro la evasión que siempre me produce, lo cierro, lo dejo a un lado y miro al cielo. Densos nubarrones se acercan a gran velocidad. Veo correr sus sombras  sobre la hierba como una manta gris que lo oscurece todo, robando los colores a medida que avanza. El aire se llena de silencio, los pájaros se han ido. Las lagartijas que correteaban por las piedras del muro hace menos de un minuto, han desaparecido. Una nube plomiza desciende a ras de tierra y se detiene ante mí en una espiral de vapor concentrado. Enmudezco. Mis articulaciones no me obedecan, permanezco inmóvil, capaz únicamente de mirar esa aparición desconcertante.

La nube se condensa ante mis ojos, tomando la forma de un hombre desnudo que me tiende la mano.

—¿Quién eres? —logro articular.

—No importa quién soy. Lo que importa es qué soy. Soy el Futuro.

Me atrae. Me pierdo en su centro, absorbida por la niebla.

Despierto de noche, aturdida, extenuada y sola. Fuera lo que fuera, se ha ido.

 

Es 16 de Mayo de 2013. Las 20.30.

La tormenta ha amainado. Un último relámpago destroza la oscuridad coincidiendo con el primer grito del ser diminuto que abrazo sobre mi pecho desnudo. Acaba de salir de mis entrañas. Su luz ilumina el mundo. 

Aún huele a sangre, a sexo. A tormenta.

En el origen

El pequeño Hug sobrevivió a una muerte segura gracias a los desvelos de su madre. Había nacido tan débil que los ancianos de la tribu, considerando que solo podía representar una carga para el grupo, decidieron dejarlo fuera de la cueva para que sirviera de alimento a los carroñeros. Pero la joven madre no obedeció el mandato. Había sufrido mucho para parir aquella bestezuela desdentada y ciega y no estaba dispuesta a regalársela a las hienas. Con el apoyo del chamán,  que creyó ver  algo en la mirada del recién nacido, se marchó con su hijo , decidida a darle una oportunidad de supervivencia.

La Gan Madre decidió que Hug viviera y meses después los ancianos deliberaron, permitiéndoles volver con la tribu.

Pronto fue evidente que Hug era el polo opuesto  a los otros niños:  le repugnaban los juegos violentos, jamás pedía armas y no disfrutaba torturando cachorros, como hacían sus amigos.

A menudo su madre le sorprendía, en las noches claras, lanzando al Gran Ojo Blanco  aullidos como los de los lobeznos que a ella le erizaban el vello de todo el cuerpo y le hacían brotar agua de los ojos. Cuando le preguntó qué hacía, el pequeño contestó con una palabra desconocida. Una palabra sin duda peligrosa, llena de magia y con la sonoridad de un profundo pozo: Música.

Poco a poco sus amigos “normales” le fueron evitando. Tan solo el anciano chamán buscaba su compañía. A su madre le gustaba verlos juntos, cuando hacían extrañas marcas en planchas de madera con las puntas de sus varas. Decían que buscaban la forma de darle materia al pensamiento. 

Desde que la Gran Madre le salvó, ella sabía que su hijo estaba llamado a hacer grandes cosas para la tribu.

 

Dedicado a todos los que empeñan sus desvelos intentando darle forma al pensamiento.

El niño y el viejo. Cicatrices

Edu se afana detrás de un árbol del parque, procurando sustraerse a las miradas de los paseantes ocasionales. A lo lejos ve a un abuelo que se acerca despacio, ayudado por un bastón. Se apoya en el tronco, esperando a que pase para reanudar su tarea. Sin embargo, en lugar de seguir adelante, el hombre se desvía del camino y se le acerca.

—¿Qué demonios hacías, chaval?

—Ehm… ¿yo? No hacía nada.

—No mientas. Te he visto.

Edu se sonroja y baja la cabeza.

—¡Enséñame qué escondes ahí, rapaz!

Sacándola del bolsillo, el muchacho muestra al viejo una pequeña navaja abierta, con la hoja manchada de savia y pequeñas astillas. El hombre la mira y aparta a Edu descubriendo lo que intenta ocultar: un corazón y un par de iniciales toscamente esbozadas sobre la piel del árbol. El anciano observa las marcas con gesto entre triste y nostálgico.

—Ven conmigo. Quiero enseñarte una cosa.

El chico duda, pero la curiosidad le vence. Tras caminar unos metros, el viejo señala con la punta del bastón el tronco de un enorme árbol centenario.

—Mira ahí. Yo grabé ese corazón cuando era un mocoso. ¿Lo ves?

Edu pasa las yemas de los dedos sobre las marcas, cuyos bordes, suavizados por el paso del tiempo, se han vuelto redondeados como labios entreabiertos.

El viejo permanece silencioso un buen rato, inmerso en sus recuerdos. Después, desabrochando los botones de su camisa, muestra a Edu su pecho desnudo, surcado de arriba a abajo por una cicatriz tan vieja como la del viejo árbol.

—Un día comprendí que, lo que para nosotros es un mensaje de amor, para ellos es una herida que sangra y duele. Lo entendí  el día que tuve, como él, una cicatriz en el corazón.

La entrevista

Llamo al timbre. Estoy tan nerviosa que me entran unas ganas irresistibles de orinar. Oigo pasos tras la puerta y los latidos se me disparan. La luz que se adivina a través de la mirilla se ve interrumpida por la presencia de alguien que me mira desde dentro.“¿y si me fuera?”. Miro la escalera, su amplitud me llama, parece invitarme como una enorme boca abierta, “¡vete!” La puerta se abre. Una mujer elegantemente vestida  me recibe, acercando sus manos en gesto de amable invitación. Las tomo, me acaricia mientras me sonríe. “Si mi madre me viera, me mataría”.

“Pasa, querida. Te esperábamos”. Me besa. El aroma de un perfume caro revolotea alrededor de su cabeza.

Me hace pasar a una habitación, cerrando la puerta a mi espalda, se va. “¡Dios mío! ¿qué hago aquí?” Todo a mi alrededor respira lujo y opulencia. Me siento ante una mesa baja de madera tallada en un sofá rojo de piel. Sobre la mesa hay un paquete grande con un lazo. Una pantalla se enciende. Desde el otro lado, un hombre maduro y elegante me mira, me sonríe y me habla. “Buenos días”. Le miro sin contestar, atorada. Muevo ligeramente una mano en respuesta a su saludo. “Desnúdate, abre el paquete y ponte lo que hay dentro”. Es un impresionante corpiño negro de seda y encaje. Me lo pruebo y me queda a mi medida, como si hubieran usado mi cuerpo como maniquí para confeccionarlo. “Ponte los zapatos”. Compruebo, con sorpresa, que son de mi número (claro, el cuestionario…) Me los calzo y crezco diez centímetros. El hombre de la pantalla me mira sonriendo con gesto aprobatorio. “Perfecta, pequeña. Eres perfecta”. Me mira, me ordena pasear por la habitación, dar unas vueltas sobre mí misma. “Puedes vestirte. Habla con Sofía al salir”. La pantalla se apaga.

En el hall encuentro a la mujer que me abrió la puerta. Me entrega un sobre doblado cuando me toma las manos al despedirme. Me besa y acaricia mi mejilla. “Hasta pronto, ángel, te llamo”.

Salgo del ascensor y el sobre me quema entre las manos. Lo abro. Dentro hay una pequeña tarjeta y dos billetes de cien euros. “El primer pago por tu precioso tiempo”.

No puedo evitar sonreír al pensar en ese vestido que vi ayer en el escaparate de Mango.

El día que conocí a Isaac

Me encontraba sentada bajo un árbol haciéndome la manicura  francesa cuando cayó una manzana unos pocos centímetros delante de mí. Miré hacia arriba sorprendida, ya que el árbol bajo el que me hallaba no era un manzano, sino un precioso guindo. Se asomó entonces por entre las ramas y me preguntó si la manzana me había causado daño o molestia. Me explicó que estaba experimentando con su teoría de la Gravitación Universal y se bajó del guindo.

Hechas las presentaciones, nos dispusimos a compartir la manzana, que estaba fresca y jugosa, aunque el golpe contra el suelo la había dejado tocada por un hematoma marrón.

El tipo parecía de lo más interesante. Tenía una respuesta para cada una de mis dudas y, poco a poco, fuimos intimando a medida que entrábamos en materia.

Por lo general era bastante llevadero, aunque cuando le daba el punto comenzaban a salir de su boca, en una interminable verborrea caótica, toda clase de signos, llaves, fórmulas y ecuaciones que, al poco, se me llegaron a hacer absolutamente insufribles. Yo procuraba tener paciencia, escucharle. Mi subconsciente me decía que aunque no lograra captar la esencia de sus discursos, éstos estaban repletos de razón y sabiduría. Procuraba ponerle atención, entender sus explicaciones. Pero al rato un aburrimiento fatal me hacía bostezar, cosa que le sacaba de sus casillas.

Un día, al llegar a casa, oí ruidos extraños en el salón. Me acerqué de puntillas, intentando no ser descubierta y lo que vi allí me llenó de estupor: sentado en mi sofá, con los pies apoyados sobre mi mesa, le soplaba fórmulas al oído a una rubia que le miraba arrobada desde detrás de unas gafitas de diseño mientras se bebía mi cerveza. Estaba bien claro que los dos disfrutaban. La rubia no paraba de hacerle preguntas sobre el Teorema del Binomio, el Cálculo Diferencial y la Ley de la Viscosidad. Se la veía en su salsa.

Me alejé sin dar señales de mi presencia. No es que el episodio me incomodara especialmente, pero a partir de ese momento ya nunca volvió a ser lo que era. Ahora que sabía que sus necesidades científicas tenían una destinataria más idónea que yo, me relevé a mí misma, sin ninguna culpabilidad, de la tarea de satisfacerlas.

Ayer quiso explicarme sus nuevos descubrimientos  en materia de calor, y sus progresos en la formulación de la Ley de Convección Térmica.

 

—Lo siento, querido. Llama a la rubia. Yo he quedado con De la Cierva, ha inventado un trasto volador y me ha prometido darme un viaje.

Andrómeda

Es de noche. Hace frío. Desde el edificio del apeadero, pegado a la pared como una telaraña rota, un farol vierte su charco amarillento. A través de una ventana brotan algunos compases de un tango enlatado, que coquetean con la oscuridad como mariposas nocturnas.
En un extremo del andén una mujer fuma lejos de la luz. El humo la envuelve como un sudario, dándole la extraña apariencia de una sombra que se desvanece. Hace rato que la observo. Me he fijado en sus zapatos de tacón y en la forma en que camina; en el gesto con que se retira el pelo de la cara. Se acerca. Se sienta a mi lado. Me toca el borde de su abrigo verde. Al mismo tiempo ella me habla.
 
 
—¿Se ha fijado en las estrellas?
 
Sé que no espera mi respuesta: callo.
 
—No es frecuente que se vean tan bien.
 
Mi silencio no parece incomodarla. Sé que en realidad no habla conmigo. Tampoco yo la escucho, sólo miro la manera en que mueve los labios provocando claroscuros en la noche. Por una alquimia maravillosa y terrible escucho sus pensamientos, no sus palabras.
 
—¿Ve aquélla de allí? Soy yo. A mi padre le obsesionaban las estrellas. Pasaba noches enteras observándolas con el telescopio. Decía que son ojos que nos miran. Yo les tenía pánico. Millones de ojos mirándome, atentos a mis movimientos.
 
Un silbato rompe la magia y una luna blanca aparece casi a ras del suelo tras doblar una curva. Llega el tren. Al mismo tiempo, el semáforo del apeadero, luna de sangre, reverdece.
Los dos nos levantamos. Nos acercamos a la orilla del andén. Huele a alquitrán. Subimos. Ella en un vagón, yo en otro.
Jamás vuelvo a verla. Jamás vuelvo a olvidarla. Me mira, desde la oscuridad, cada noche sin luna.

Diálogos en el absurdo

—Caballero, disculpe…

—¿Es a mí?

—Sí, a usted. Disculpe, ¡tiene usted un ojo de cada color!

—Sí, lo sé. Es de nacimiento.

—y, ¿no le incomoda?

—Al principio. Pero acaba uno por acostumbrarse a todo.

—Lo cierto es que se le ve extraño.

—No sé… hace siglos que no uso un espejo.

—Se le ve raro, pero bien. Me gusta el contraste. Además, ¡sus ojos son complementarios!

—No lo sabe usted bien. No sólo en los colores. Si abro uno, todo se mueve. Si abro el otro, todo queda inmóvil.

—Pero, ¡eso es genial! ¡Puede usted mover el mundo a su antojo!

—Y lo mejor de todo es que ni siquiera necesito un punto de apoyo.

—Le envidio.

—Pues no debería. Al principio es divertido, pero acaba por aburrir. Yo en cambio la envidio a usted: tiene en sus manos el destino de los hombres.

—Bah… no lo crea. Antes sí era así, pero ya nadie recurre a mí.

—Pues me parece mal. Siempre pensé que su método era infalible.

—Y lo sigue siendo, pero me falla el marketing. Dígaselo al que inventó el GPS. Desde entonces tan sólo soy un objeto de coleccionismo para nostálgicos.

—Comprendo. El día que éstos aprendan a dirigir el tráfico desde el ordenador, a los semáforos nos ocurrirá lo mismo que a las brújulas. 

—Desengáñese, somos reliquias de otros tiempos. 

—Hable por usted, querida. Yo aún cuento con el caos como medida de presión.

Momentos de una vida

Le miré durante un rato. Acostado en aquella camilla, entubado, embutido en un ridículo camisón verde de hospital, mostraba en su mirada cosas que hasta ese momento me habían pasado desapercibidas. El miedo, el dolor y la indefensión que leí en sus ojos me hicieron comprender en aquel instante que era mucho más lo que nos unía que lo que nos separaba. 

Jamás fue un hombre cariñoso. Siempre envidié en mis amigas las muestras de cariño de que eran objeto y en cierta forma, me sentía culpable pensando que yo no merecía aquellos besos, aquellas caricias que a ellas les regalaban con naturalidad, mientras que en mi día a día marcaban hitos, debido a su escasez. 

Cuando más le necesité tan sólo respiré su indiferencia y desapego. La ostentación que  hizo siempre de su independencia y la soberbia con que me hacía partícipe de ella habían dejado una impronta imborrable en mi carácter que me incomodó a lo largo de mi vida. A menudo he achacado a su comportamiento la facilidad que hoy tengo para pasar página a los episodios dolorosos y a la pérdida de afectos. Su indiferencia erigió en torno a mí un muro infranqueable que me impide casi siempre entregarme por entero.

Sin embargo, verle tan dependiente, tan debilitado, me hizo inclinarme y besar su mejilla, pasar los dedos con suavidad por su rostro hirsuto. Me di cuenta de que le amaba  al notar la presión con que las lágrimas me atenazaban sacudiendo mi frialdad ante la idea de perderle, pugnando por derramarse aunque yo hiciera esfuerzos para reprimirlas. 

En aquel momento tomé la decisión de recuperar todo aquello que había dejado pasar durante tantos años. Me propuse, antes de que fuera demasiado tarde, recuperar a mi padre.

Prescripción

Con los ecos del último espasmo cosquilleándole aún en las yemas de los dedos, Lucía respira hondo. Dejando a un lado el dildo aún caliente logra poco a poco recuperar un ritmo pausado. Se relaja, echándose hacia atrás en su cama, sobre la que minutos antes permanecía sentada en el borde con las piernas separadas.

Desea, con un minúsculo atisbo de culpa, que al llegar su marido dentro de un momento no le pida ( con ese característico gesto que le baila en la comisura de los labios cada vez que lo hace) “jugar un rato”.

Desde hace tiempo sus relaciones sexuales se han ido distanciando unas de otras progresivamente hasta  limitarse a la tarde de los viernes, en que él no trabaja y tiene tiempo tras la siesta diaria arrullado por el sonsonete monótono del televisor. Y se han hecho más domésticos, más convencionales, asumiendo el carácter de una tarea semanal de obligado cumplimiento y perdiendo a la vez casi todo complemento lúdico que debe ir asociado a cualquier encuentro sexual. 

Los diez años de diferencia que nunca le importaron se le hacen a Lucía cada día más ostensibles. Recuerda cuando, durante uno de sus primeros escarceos libidinosos él le hizo prometer que nunca fingiría un orgasmo, fueran cuales fueran los motivos. Lo hizo durante las primeras veces para esconder lo que ella achacaba a un fallo propio: la dificultad para llegar a la cúspide del placer. Días después él sacó la conversación y le preguntó directamente si disfrutaba, como era evidente que lo hacía él.  Lucía no tuvo valor para mentirle y le confesó la verdad.  Desde aquel día, él puso en juego toda su paciencia y su capacidad de aprender y llegó a conocer el punto del placer de su esposa casi mejor que ella misma.

Lucía se alegraba de su capacidad para disfrutar de un orgasmo tras otro, sobre todo cuando, en conversaciones íntimas con sus amigas, éstas se quejaban generalmente de su incapacidad para lograr el clímax de la mano de sus parejas. Pero últimamente también ella nota que su líbido se aletarga, que ya no le responde como hacía antes ante cualquier estímulo inesperado. 

Cuando oye la llave en la cerradura precediendo en unos segundos los pasos de él, secos y decididos sobre el parquet, decide que ya es tiempo de romper aquella promesa.

Después de todo, pasados veinte años, hasta un asesinato prescribe.