La entrevista

Llamo al timbre. Estoy tan nerviosa que me entran unas ganas irresistibles de orinar.  En unos segundos oigo pasos acercarse desde el otro lado de la puerta y los latidos se me disparan. La luz que veo a través de la mirilla es interrumpida por la presencia de alguien que se asoma desde dentro y me mira.“¿Y si me fuera?”. 

Vuelvo la cabeza y miro hacia la escalera. Su espaciosidad es un grito que me llama. Parece ordenarme, como una enorme boca abierta: “¡vete!”  La puerta se abre sin hacer ruido. Una mujer elegantemente vestida me recibe sonriendo y adelanta sus manos en gesto de amable invitación. Las tomo y ella acaricia las mías mientras me escruta de arriba a abajo sin dejar de sonreír. “Si mi madre me viera, me mataría”.

“Pasa, querida. Te esperábamos”. Me besa. “Eres monísima“. El aroma de un perfume caro revolotea como un halo alrededor de su cabeza.

Me guía de la mano y cruzamos varias estancias. Me hace pasar a una habitación al fondo. “Espera aquí un momento“, dice, cerrando la puerta a mi espalda, y se va. “¡Dios mío! ¿qué hago aquí?” Todo a mi alrededor respira lujo y opulencia. Me siento en el sofá rojo, de piel muy suave, ante una mesa baja de madera tallada.  Dos lámparas de pie, una a cada lado, inundan la estancia de luz dorada, cálida y blanda. La moqueta del suelo, de color crema, amortigua hasta los trallazos de los latidos que golpean mis tímpanos. Oigo mis movimientos como en sordina y me parece sentirlos a cámara lenta. Sobre la mesa hay un paquete grande con un lazo. Lo observo todo con más estupor que curiosidad.

Click. Un led rojo se enciende y la enorme pantalla que cuelga de la pared se ilumina. Desde dentro y bañado en luz blanca, un hombre maduro y elegante me mira, me sonríe complacido y habla conmigo como si me estuviera viendo. “Buenos días”. Le devuelvo la mirada sin contestar, azorada. Sonrío con timidez y, en respuesta a su saludo, muevo a un lado y al otro la mano sin despegarla del regazo. La sonrisa se le congela en el rostro. “Desnúdate, abre el paquete y ponte lo que hay dentro”. Me ordena con un tono que no admite réplica.

Tras pensarlo unos segundos, alargo el brazo y tomo el paquete, rompo el lazo y lo desenvuelvo. Es un impresionante corpiño negro de seda y encaje, con liguero y medias a juego. Me lo pruebo y me queda perfecto, como si hubieran usado mi cuerpo como maniquí para confeccionarlo. El hombre de la pantalla me calibra, apreciativo. “Ponte los zapatos”. Compruebo, ya sin sorpresa, que son de mi número (claro, la entrevista, el cuestionario…) Me los calzo y crezco diez centímetros. Al estirar las piernas noto la tensión que me estiliza los gemelos y me afina los tobillos.

 El hombre de la pantalla sonríe ahora con gesto aprobatorio. “Perfecta, pequeña. Eres perfecta”. Súbitamente serio, me ordena pasear por la habitación, girar despacio sobre mí misma. “Así, más despacio, ma chére  Luego: “Puedes vestirte. Habla con Sofía al salir”. La pantalla se apaga. Ni una sonrisa más, ni una despedida de cortesía. Solo una pantalla fría, apagada y muda. Tiemblo, tengo miedo. “Aún estoy a tiempo de olvidarme de todo esto“, pienso.

En el hall encuentro a la mujer que me abrió la puerta cuando llegué. Me entrega un sobre doblado cuando me toma las manos al despedirme. Me besa en los labios con suavidad y acaricia mi mejilla. Yo me dejo hacer como un autómata. “Hasta pronto, ángel, te llamo”.

Salgo del ascensor y el sobre me quema entre las manos. Lo abro. Dentro hay una pequeña tarjeta y tres billetes de cien euros. “El primer pago por tu delicioso tiempo”.

No puedo evitar sonreír al pensar en ese vestido que vi ayer en el escaparate de Carolina Herrera.

 

 

Música verde

 

 

 

cubierta_hiedra_obstinadaLas enredaderas se habían adueñado de los muros, colonizando fachadas y cubierta. Uno se quedaba mirando aquella casa y podía pensar que se hallaba ante el proyecto conjunto de geómetras y botánicos: un paralelepípedo perfecto y vegetal en el que caras y aristas, ángulos y vértices, desaparecían engullidos por el murmullo siseante de millones de hiedras que se aferraban a la estructura enganchando miríadas de dedos delicados en las rugosidades de las piedras.

Laura asumió a su pesar que tendría que taladrar en aquel manto un agujero por donde acceder al interior de la casa, pues las ramas trepadoras se habían entretejido y apretado de tal forma que resultaba imposible ubicar puertas y ventanas.

Se sentó en una piedra a pensar, a contemplar aquel prisma extraño que tiritaba al compás de la brisa vertiendo al aire aromas y zumbidos, en que la Naturaleza había transformado el hogar de sus antepasados y, al escuchar la sinfonía inmemorial de la vida, surgida de las bocas de mil instrumentos vivos, del baile de las hojas con el viento, sintió que la Paz la abrazaba.

Solo unas semanas antes, cuando le llegó la citación del Notario para entregarle aquel legado cuya existencia desconocía, lo había recibido como un fastidio y pensó en renunciar. La propiedad de aquella casa, seguramente medio derruida, y el terreno, a miles de quilómetros de su ciudad, solo podía causarle gastos y problemas.

Sin embargo ahora sabía que el Destino la había hecho depositaria de un regalo hermoso: la oportunidad de un comienzo, de un punto de partida nuevo, lejos de los condicionantes  que habían hecho de su existencia anterior un cúmulo de fracasos y frustraciones.

Hoy empezaba a vivir. Abrazada, como aquella casa, su casa, por la generosidad de un continente desconocido y ancestral.

¡Alehop!

Llevaba tiempo dándole vueltas a la idea de cambiar mi vida de forma radical. No me gustaba nada el rumbo que había tomado mi existencia y ya no podía soportar la rutina, que transformaba los días en meras repeticiones vanas. Creía firmemente que había llegado el momento de tomar una decisión. Era preciso un giro para poder ver la realidad desde otra perspectiva, desde una óptica totalmente diferente. Estaba segura de que si lo intentaba, podía darle la vuelta a todo lo que me estaba agobiando, pero se me hacía muy cuesta arriba enfrentarme a todo el mundo para cambiar el orden establecido. 
De pronto, esta mañana, al sonar el despertador, lo vi todo claro. 
Yo siempre había supuesto que la solución a mis problemas llegaría desde fuera de mí, que pasaba por modificar el comportamiento de los que me rodeaban, mis amigos, mi familia, mis compañeros de trabajo. Pero esta mañana me di cuenta de que eso es un enorme error. 
Mientras me despejaba las últimas telarañas del sueño, vislumbré la solución. Era tan sencillo que me asombró no haberlo pensado antes. Aunque eso sí, iba a requerir grandes dosis de esfuerzo, autocontrol y entrenamiento por mi parte. 
Me he armado de valor y he decidido hacerlo ahora mismo. He tomado impulso y he puesto las manos sobre el suelo. He levantado las piernas con fuerza, intentando en todo momento mantener la verticalidad. 
De forma instantánea, con este breve gesto, todo ha cambiado a mi alrededor.

De pendencias

Mateo se ha acostado pronto esta noche. Lleva tiempo planteándose lo fatuo de su situación, cómo poco a poco ha ido robando tiempo a la realidad  para inmiscuirse en esa otra esfera, construida de apariencia e idealización, que cada vez ocupa más espacio de su vida.

Con el tiempo ha logrado desarrollar una especie de protección, una pátina invisible que actúa como parachoques. O él así lo piensa. Pero lo cierto es que  con cada desengaño, con cada encuentro fortuito, Mateo se ve impulsado abajo y arriba  como una pelota hecha de sentimientos en las manos de un niño que juega. La euforia hoy, la frustración y el abandono mañana, lejos de  atenuarse, se intensifican en medio de su aislamiento asumido, edificado en medio de un enorme solar de soledad, miedo, esperanza, sueños y fantasías, y lo dejan a merced de las ondas como una canoa rota y desechada en medio del océano de plasma.

Por eso hoy Mateo  ha apagado el ordenador y se ha ido a dormir mucho antes de lo habitual.

Ha esperado, durante una hora interminable, que Esperanza  se conecte. Lleva días esperando ver la línea verde debajo de la sonrisa que le mira desde una pequeña foto. Pero ella parece haber desaparecido de  su universo de forma tan inopinada como apareció un día, meses atrás, llenándolo todo de música con su desenfado. 

Acurrucado en la cama nota el resquemor que le corroe los pensamientos. No puede dormir. Él lo achaca a la hora, mucho más temprana que otros días, pero sabe muy bien que son la tristeza y la pérdida las arpías que se confabulan para sujetarle los ojos abiertos y el alma inundada de melancolía. 

Da vueltas intentando despistar a los latidos de su corazón sobre la almohada, que le retumban como timbales tribales;  para huir del hormigueo de los pies, que buscan zonas frías de las sábanas en un intento frustrado de atemperar el calor que los recuece. Mira el reloj digital de la mesilla  cada pocos minutos y piensa que a esa hora ella solía pintarle la sonrisa de colores,  solía llenarle el pecho de anhelos y de tensión deliciosa el resto de su ser.

Sin poder hacer otra cosa, Mateo se levanta. Medio desnudo y descalzo bebe agua fría hasta que sacia una sed física que deja indemne la otra, la sed que le ha dejado la sequía de su oasis. Se sienta ante una pantalla muda e inconmovible y se demora unos minutos hasta que, finalmente, temblando, lo enciende… 

Mal de muchos

El virus se estaba extendiendo a una velocidad sin precedentes y la amenaza de una epidemia a nivel mundial se barajaba con inquietud. 

En el laboratorio se sucedían los ensayos, los cultivos, los proyectos más inauditos,  en busca de la fórmula con que hacer frente a aquel desastre, pero, cuando parecía que habían dado con el fármaco adecuado, el maldito virus mutaba y había que volver a empezar desde cero.

Se habían destinado cantidades ingentes de recursos para la investigación, pero era inútil. La moral de los científicos se veía minada de día en día, a medida que comprobaban que todas sus iniciativas se revelaban infructuosas.

Llegó el día en que el número de infectados superó a la capacidad de reacción contra el mal que cada vez aquejaba a más víctimas. Los síntomas no eran violentos, pero sí indiscutibles y perfectamente identificables, y aunque la enfermedad no resultaba mortal, sí influía en el modo de vida de los afectados, en unos más que en otros, modificando completamente su comportamiento y su capacidad de llevar una existencia productiva.

Había que tomar una decisión, las autoridades exigían soluciones que se revelaban  inalcanzables. Era el momento de tomar medidas desesperadas. Aislar a los pocos afortunados que aún no habían sido víctimas de la infección masiva.

Llamaron al Presidente.

—Señor, la situación es de Emergencia Nivel 1. A día de hoy, el equipo investigador ha agotado todos los recursos, humanos, científicos y económicos, disponibles. El virus Carpe Diem se ha extendido de forma incontrolable.

—Qué se le va a hacer. Vengan y disfruten de la hospitalidad de mi casa. He tomado la decisión de acabar con las existencias de mi bodega antes de que me destituyan.

Cristales de agua

El amor es azul y tiene forma de estrella. Es agua. Como el agua, es cascada, torrente o remanso, y así fluye. Si te sumerges en él te empapa y, como el agua, te impide respirar. Te enfría o te calienta sin variar un átomo su naturaleza y así, sudas o tiritas al contacto caprichoso de sus brazos. Confunde deseo y necesidad. Los ata, aprieta el nudo fuerte,  y así, te domina.

Como el agua, es cristalino cuando es puro, pero se emponzoña impregnando su esencia con aromas a veces invisibles, pero venenosamente mortales que lo asesinan con la suciedad de la duda y el resentimiento irracionales.

El amor, como el agua, asume cauces marcados, pero solo a veces, cuando él así lo ha decidido. Entonces encaja en el molde sin desbordamientos, sin inundaciones ni corrimientos de tierra inesperados. Pero como el río, es sensible a la ira de los elementos y, alimentado por la lluvia y la pleamar, romperá todas las reglas del juego asumidas. Como un dios enloquecido de odio y frustración, devastará todo lo que se oponga a su avance, destructivo como el morador más imprevisible del Olimpo. 

Tú, pobre mortal, piensas con osadía infantil que posees el control de tus sentimientos pero, óyeme. No eres más que un guijarro a merced del capricho de la corriente. Déjate modelar por el roce del agua sobre la superficie redonda de tu contorno. Aprende a soslayar los golpes de la corriente enfurecida, quédate inmóvil en un remanso cuando tengas la fortuna de caer en él y siente la caricia de la brisa líquida que te lame.

Y cuando el agua te abandone, no asumas en su descargo culpa alguna. El amor es caprichoso, efímero y liviano como el agua que salta de piedra en piedra. 

Deconstrucción reanudada

Dos que intentaban desenredar un nudo acabaron anudados.

De tanto chocar y chocar, se entretejieron sus dedos y después fueron sus brazos los que terminaron enlazados en abrazo inesperado.

Sintieron que se trenzaban sus pensamientos, formando una trama que anudaba sus ideas y desdibujaba sus límites castradores. Se sintieron como dos puzzles desbaratados cuyas piezas eran barajadas en la misma caja y comenzaron a dudar de sí mismos, de dónde acababa uno y empezaba el otro, de a cuál de los paisajes pertenecía cada pequeña porción de ellos mismos. El pánico les anudó la garganta, despiezados por el temor de no saber hallar el lugar donde encajar y cayeron en un miedo irracional, batiburrilo de extremidades anudadas en estrecha bacanal. 

Más tarde, agotados de luchar, se respiraron, y tras este breve respiro todo comenzó a recobrar sentido. El nudo unía sin apretar, los brazos abrazaban sin atenazar y los pensamientos hibridados dejaron ver que existía una nueva forma de mirar, mirar desde los ojos de otro, que descubría más diversas realidades.  

Después de comprender que la tensión solo lograba apretar las ataduras, decidieron dejar de oponer sus fuerzas y tumbarse del revés; dejar que el nudo se disolviera lentamente y el color de sus enveses  hallara de nuevo sus lugares respectivos. Decidieron no luchar, ceder al favor del viento, al empuje de los elementos, para que los hados y el destino decidieran por ellos el camino.

Con la lección aprendida emprendieron la partida. La fuerza no desata nudos y deconstruirse  juntos es muchas veces la única oportunidad de volverse a construir.

Un bucle colgado

Cada mañana, cuando sonaba el reloj despertador, Joan encendía la luz y se quedaba mirando al techo hasta que el último resto de sueño desaparecía de sus párpados. Días atrás había reparado en aquella cosita diminuta que parecía moverse allí arriba, aunque su movimiento nunca se concretaba en desplazamiento, sino que era más bien como el temblor de algo mecido por la brisa. Absurdo, si se tenía en cuenta que la ventana estaba cerrada y no había nada, excepto su respiración, que pudiera mover el aire de la habitación. También percibió el olor. Un olor desagradable que llenaba el cuarto.

Hoy Joan comprobó al despertar que la cosa se había desplazado, colocándose justo encima de donde él tenía apoyada la cabeza sobre la almohada. Le costó encontrarla, pues inconscientemente la buscó en su lugar habitual: al lado del decorado que rodeaba la lámpara. Apenas la localizó, observó cómo se desprendía del techo y crecía a medida que caía, ocupando cada instante una porción mayor de su campo visual, hasta oscurecerlo por completo cuando aterrizó limpiamente en el mismo centro de su pupila. 

Un dolor inmenso se extendió entonces por su ojo para, casi al instante, ir arrasando con cuanto encontraba a su paso, paralizándole los músculos hasta llegar a los dedos de los pies. Sintió cómo su materia se reabsorbía en sí misma y, en segundos, su entorno se multiplicó por millones y su forma de comprender conceptos como el dolor, el tiempo o la temperatura, cambió radicalmente.

Un instinto irrefrenable le hizo saltar sobre la pared, por la que trepó sin dificultad hasta llegar al techo, donde quedó colgado, junto al decorado de escayola, temblando ligeramente, sin tener noción alguna de lo que duraría su espera.

 Solo entonces reconoció como suyo el hedor que llevaba días acompañándole.

 

Anori y la montaña

Anori es tan vieja que ya no le quedan dientes. Hoy al despertar ha visto la primera nevada de la estación. Sabe que este será su último invierno. Desde el interior de la tienda percibe el nerviosismo de toda la familia, hoy se pondrán en marcha rumbo al valle.

Anori es tan vieja que ya no tiene cometido, solo espera que Imnek venga a buscarla.  Alrededor de la cintura lleva una cuerda llena de nudos, uno por cada invierno que ha vivido. Son tantos que ya no sabe contarlos.

Serpenteando por el camino curvo de la ladera, el silencio se ha encajado en los corazones de todos. Hoy Anori está con ellos, mañana se habrá ido. 

En un recodo, al abrigo del viento del norte, Anori se sienta sobre una piedra. Le gusta ese lugar, tiene una buena vista del valle, contemplará desde arriba  la llegada de su gente a su destino.

Anori es tan vieja que ya no tiene voluntad. La ha visto irse pegada a la espalda de su hijo mayor y la ha despedido con una sonrisa. Ella no la necesita, su camino está trazado.

La ventisca levanta la nieve de la ladera y cubre el valle con una sábana limpia. Anori cierra los ojos y espera. Canta. Canta un cántico monótono que no está hecho de palabras, y la montaña le responde con su melodía irracional, hecha de piedra. 

En la blancura del aire ve  a alguien que se acerca. Es Imnek, su esposo, que viene a señalarle el camino correcto. Anori se pone en pie y avanza unos pasos. Sonríe, cae y la blancura de sus dientes se confunde con la nieve de la montaña. 

A lo lejos, la tribu llega al valle. 

¿Para qué sirve la utopía? (Galeano)

La última junta de accionistas había sido apabullante. Se imponía una decisión drástica que cambiara el rumbo de los acontecimientos y, como Director General, le correspondía a él tomarla.

Preparó dos de aquellos carísimos sobres, color crema, con el membrete de la empresa grabado en letras de oro en la esquina derecha. Hizo llamar al contable  y le entregó el más abultado, con instrucciones precisas sobre los movimientos para el futuro inmediato y una suma más que generosa como indemnización por sus fieles servicios. En el anverso del otro sobre, escribió con los trazos anacrónicos y elegantes de su Montblanc: “A quien corresponda”. Y lo dejó en el centro de la mesa de su despacho. Los documentos que  contenía exoneraban  de toda responsabilidad a los directivos del Consejo.

Abrió el ventanal y se asomó al nacimiento de un prometedor día de primavera. Qué belleza. Los árboles del parque verdeaban con sus brotes nuevos hambrientos de libertad y los pájaros se perseguían entre las ramas trinando desaforados.

Mientras, repasó el extraño encuentro del día antes. Aquella mujer, que entró en su despacho sin cita previa ni motivo aparente y se sentó frente a él en silencio, lo miraba de una forma que se abrió como un pardillo, como si la conociera de siempre. Se lo contó todo y ella le dio la clave.

Después de pensarlo toda la noche había tomado una decisión. Era peligroso, podía salir mal y convertirse en una catástrofe para él. Pero confiaría. Necesitaba confiar. Si funcionaba sería el final de todo. O el principio.

Se encaramó a la ventana y saltó al vacío.

Mientras caía, aterrado, intentó recordar todas las instrucciones que le había dado el Hada. Era mucho más complicado de lo que parecía. No había previsto el pánico. Cuando llegó a la altura del quinto piso ya había conseguido ralentizar la velocidad de caída sincronizando el movimiento de brazos y piernas. Era casi como nadar. Al llegar al tercer piso, planeaba torpemente, como un pájaro desequilibrado por un disparo, pero ya no caía.  En pocos minutos, sobrevolando los árboles de un extremo al otro del parque, consiguió dominar la técnica.

Poco después, eufórico, puso rumbo al horizonte.