Cuentos en el pasadizo

Había pasado una semana eterna desde la Ceremonia de la oscuridad. No habían vuelto a verse. 

Las instrucciones eran claras y concisas. Mañana. 12 en punto. Pasarela de Cristal. 

En el mismo instante en que las leyó sintió que la intensidad y frecuencia de sus latidos se disparaban. 

Llegó a su casa y revolvió frenéticamente el armario ropero intentando dar con aquella prenda mágica que siempre le hizo sentirse la reina de la fiesta. Allí estaba, acurrucada dentro del estuche metálico, envuelta en un trozo de seda blanco. Lo cogió con las dos manos, lo levantó hasta la altura de los ojos y lo inspeccionó con mirada crítica. Hacía tiempo que no se lo ponía, requería una ocasión especial que hasta este momento no se había producido. 

Un leve asomo de pánico se le agarró a las entrañas cuando dudó si la prenda se ajustaría a su cintura como antaño. Decidió salir de dudas y se lo puso lentamente frente al espejo de su habitación. Tras un rato enfrascada con corchetes, cierres y hebillas, comprobó el efecto que se reflejaba frente a ella y sonrió satisfecha. Se puso encima un vestido abierto que se amoldaba a sus caderas con una lazada cruzada y se calzó sus mejores botas. Fuera ya hacía frío. 

Salió a la calle con tiempo para demorarse en el paseo que la separaba del punto de la cita… los árboles la saludaban al pasar con sensuales lluvias de hojas amarillas. Se sintío bien, aunque nerviosa. 

Al llegar a la Pasarela de Cristal, giró a su izquierda y encontró la puerta del pasadizo. Golpeó con los nudillos levemente. Si él había cumplido su promesa la estaría esperando dentro. 

Al instante oyó el sonido del cerrojo que se abría desde dentro y la hoja de la puerta se entornó unos centímetros. Echó un vistazo nervioso a su alrededor y comprobó que no había nadie en los alrededores. Entró cerrando la puerta a su espalda. 

La esperaba dentro con su sonrisa pícara. Intentó abrazarla pero ella se zafó y mirándole a los ojos le ordenó que se separara unos pasos. Era su juego. El juego que les tenía inmersos en una maravillosa locura desde el día que se conocieron. 

Lentamente apoyó la espalda en la pared, y tirando con suavidad del lazo que mantenía su vestido atado a su cintura, lo deshizo mientras le miraba fijamente. El se quedó serio, concentrado, a la espera de lo que vendría después. 

Inclinándose, comenzó a soltar los enganches que sujetaban el liguero a sus medias uno a uno, liberando el corpiño que ceñía su cuerpo como una segunda piel. Entonces le dijo: 

- Ahora ya puedes quitármelas. 

Él se acercó a ella muy despacio, salvando con un par de pasos la distancia que los separaba. Con suavidad, acercó sus manos a las caderas y le fue bajando lentamente, muy lentamente las bragas mientras la miraba a los ojos, a lo más profundo de sus ojos oscuros en los que hervía el deseo. Se agachó ante ella y le levantó delicadamente primero una pierna, luego la otra, sacando la fina y escueta prenda y llevándosela a la nariz. 

- Qué quieres de mí? 

- Quiero que te vayas…ya tienes lo que viniste a buscar. 

La besó suavemente en la mejilla y, dándose la vuelta, abrió la puerta y salió sin volverse del pasadizo…

 

 

10 pensamientos en “Cuentos en el pasadizo

  1. Sugerente y sensual (muy sensual, Lavanda. Realmente sensual). Y con “clase”. Y muy sugerente, también (no sé si lo había dicho antes). Estoy algo “acalorado”, así que me voy a beber un vaso de agua… Gracias por compartirlo.
    Besos.

    • Ya firmaba yo por una primavera eterna, Testigo. Aunque, bien pensado… tal vez algunas flores necesiten el frío del invierno para poder germinar después en todo su esplendor. En cualquier caso, los frutales están ya brotando, se escuchan los primeros trinos al atardecer y los campos se aclaran con el petaleo de las margaritas. Es la vida que nos vive sin remedio, Testigo. Habrá que dejarse llevar, digo yo… Besos

    • Ahora ya sé lo que significa eso, pero recuerdo cuando era niña y escuchaba esa expresión… siempre me imaginaba a un montón de pececillos rojos nadando en un estanque, dando vueltas tan felices… pienso que tal vez no anduviera muy desencaminada aquella imagen de mi infancia…

  2. Cuando un texto literario (entiendo por literatura lo que cuenta algo) empieza en un tiempo que no podemos llamar principio, el lector queda atrapado. Así me sentí mientras leí tu texto que, como ya te dice Testigo, juega con los sentidos del lector, lo hace partícipe. Además de su sensualidad, bien escrito.

    Saludos desde México.

  3. Tendré que poner aquí más capítulos del Pasadizo. Me alegra que te atrapara, al fin y al cabo es lo que todos esperamos mientras escribimos, que el lector viva lo que le contamos de la forma más real posible. Gracias por leer. Un beso

  4. Recuerdo este blog… lo leí en otro mundo y en otra vida, casi lo podría decir así, aunque no hace tanto tiempo. ¿O sí? No me hagas caso que estoy tontorrona últimamente. Besotes gordos.

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